viernes, 25 de marzo de 2011

Haruki Murakami, 1Q84 (Libros 1 y 2)

Voy caminando por la ciudad, no es una ciudad que me pertenezca porque no es mi ciudad, yo no soy de allí, pero los acontecimientos que en aquellas calles y en aquellos barrios he vivido hacen que sea un escenario familiar. Pero un día, cuando ya hace tiempo que no visito aquella zona de la ciudad, regreso y me encuentro como un extraño, porque aunque parezcan las mismas fachadas y portales, las mismas plazas y estatuas, hay algo que hace que me detenga en mi deambular y que permanezca observando todo lo que me rodea como un animal al acecho. Todo parece igual, tal vez un poco más viejo, más desgastado, como si la pátina del tiempo hubiera cumplido a la perfección su cometido. Sin embargo, el aire y su luz son distintos, los aromas en fuga que sobrevuelan los contornos han cambiado. Pero ¿y las personas? ¿Son las mismas aquellas personas que paseaban a mi alrededor cuando vivía situaciones que marcaron el devenir de mi vida? De aquel pasado no queda nada y esa sensación es angustiosa y paralizante. Como un extranjero, he regresado desde mi propio pasado a un nuevo mundo, a un mundo que dejé atrás hace mucho tiempo y que ha continuado existiendo a pesar de mi ausencia.

No se deje engañar por las apariencias. Realidad no hay más que una... Estas dos frases se encuentran en el primer capítulo de 1Q84 y nada más leerlas saboreamos el regocijo y la certeza de que nos espera una obra que volverá a hacer que nos replanteemos el sentido de la realidad a la que tan fútilmente nos asimos en nuestro día a día y que tozudamente damos por verdadera.

Cuando ya parecía imposible que el maestro Murakami diera una vuelta de tuerca más a su obra, nos sorprende con una novela que supera el millar de páginas y que en ningún momento pierde su fuerza narrativa. Tras After Dark (me duele decir que un paso atrás en su producción) tenía mis dudas sobre el rumbo que tomaría la literatura de Haruki Murakami, sobre todo teniendo como antecedente una novela tan emblemática en su bibliografía como Kafka en la orilla. Sin embargo, la monumentalidad de 1Q84 y la excelencia de su escritura la convierten en la cima de la carrera de Murakami, y no sólo por tratarse de su última novela sino porque en ella se aúnan todos los grandes temas, obsesiones y anomalías existenciales de su particular prosa, solventándolos de una manera impecable.

Dividida en tres libros (de momento se han publicado juntos los dos primeros), 1Q84 narra la historia de Aomame y Tengo. Sus capítulos van alternando la vida de ambos en tandas de 24, cada una de las cuales conformarán un libro. La elección de esta cifra no es arbitraria, ya que en el mismo volumen el editor nos informa que el autor japonés toma este número del ciclo El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach. (Recordemos que tanto en la vida privada de Murakami como en la de sus propios personajes la música clásica -y también el jazz- tiene una importancia muy relevante.) A priori se trata de una estructura simple que repite de obras anteriores como en el caso de Kafka en la orilla. Y al igual que sucedía en ésta, las historias paralelas de sus dos protagonistas tienden de manera irremediable a confluir.

Tengo y Aomame son dos treintañeros cuyas vidas están marcadas por la soledad y la constante presencia de su pasado. Como en la mayoría de las obras de Murakami, ambos personajes sufren un doloroso desarraigo familiar, quedando en un meditado suspense muchos de los acontecimientos que vivieron de niños y que les ha influido de una manera decisiva para convertirse en las personas que son en la actualidad. Tengo se dedica a enseñar matemáticas a jóvenes adolescentes en un centro privado de Tokio. Su tiempo libre lo dedica a escribir novelas que todavía no ha logrado publicar, bajo la influencia y asesoramiento de un extravagante editor llamado Komatsu. Pero un día aparece la figura de la enigmática Fukaeri, una chica de diecisiete años que ha escrito una obra titulada La crisálida de aire. Esta novela ha llegado a manos de Komatsu, quien le propone a Tengo reescribirla para presentarla a un prestigioso concurso. Desde ese momento, tras aceptar el encargo, los destinos de Tengo y Fukaeri y de todos aquellos que los rodean quedarán unidos y malditamente sentenciados. Paralelamente transcurre la vida de Aomame. Trabaja como monitora y masajista en un gimnasio de la gran urbe nipona. Pero eso sólo es la punta del iceberg, una tapadera, puesto que su verdadera profesión y cometido va más allá de la legalidad y de lo éticamente correcto. Uno de esos trabajos será el responsable de que el pasado vuelva a reconducirse por unos cauces que están predestinados a encontrarse en el presente.

A todos los acontecimientos que se van sucediendo mediante las vicisitudes de Aomame y Tengo y que se convierten en la música principal de la obra, se suman otras melodías de fondo a las que ya nos tiene acostumbrados Murakami. En la narración encontraremos un tumultuoso despliegue de relaciones personales, enigmáticas figuras procedentes de sectas religiosas, canciones que aparecen de repente en la cotidianidad de los personajes (en este caso la prácticamente desconocida Sinfonietta de Janácek), anécdotas literarias representadas por la figura de Antón Chéjov y la obsesión que mantuvo con la isla de Sajalín, al norte de Japón, y la constante presencia de la novela de George Orwell, 1984, el mismo año en el que arranca la novela y que será el preludio del mundo en el que los personajes se adentrarán y que no tendrán más remedio que reconocerlo y renombrarlo como 1Q84.

Tendremos que esperar a que llegue el otoño para que la editorial Tusquets ponga en circulación el tercer libro y sepamos qué destino les tiene deparado Haruki Murakami a ese tándem compuesto por Aomame y Tengo. A falta de que se publique en España este último libro, dando por concluida la novela, si comparo Kafka en la orilla con 1Q84, sigo quedándome con la primera. Estilísticamente es mucho más imperfecta, posiblemente. ¿Pero qué obra maestra que se precie no se sustenta sobre sus sólidas imperfecciones?

viernes, 11 de marzo de 2011

Steven Millhauser, August Eschenburg

La persona de Steven Millhauser (escritor americano nacido en Nueva York en 1943) es tan etérea como los personajes de sus novelas y relatos. Se asemeja a algunos de sus compatriotas más ilustres -J.D. Salinger y Thomas Pynchon, por poner los ejemplos más conocidos- en su obsesivo deseo de desaparecer de la vida pública. Descarta toda fama que provenga de su trabajo, guardando con celo su privacidad. No aparece en medios de comunicación, no se deja fotografiar, no concede entrevistas, no hace promociones de sus libros y, ante todo, no entra en los improductivos debates de sus compañeros de oficio que no dudan en ofrecer al mejor postor su vacua verborrea. Steven Millhauser parece perseguir el mismo objetivo que sus personajes: vivir exclusivamente para su obra, descartando a su paso todas las consecuencias colaterales que ésta acarrea. Con Martin Dressler ganó el Premio Pulitzer en 1997, una de las pocas ocasiones en las que ha hecho una aparición en público, así como una de las raras veces en las que se ha dejado fotografiar (recogiendo el premio, puro trámite de rigor).

La historia que aquí presento arranca en pleno siglo XIX, en un pequeño pueblo centroeuropeo. August Eschenburg, un niño con una extraordinaria sensibilidad, vive con su padre, un relojero que lo inicia en los secretos de su oficio. Desde muy corta edad, August comienza a elaborar piezas mecánicas que tratan de emular el movimiento humano. Ésa es la obsesión que acompañará para siempre su vida y su obra. Sus cada vez más sofisticados automatismos los irá exponiendo en las vitrinas de la relojería familiar, para asombro de todos los transeúntes. Un buen día un empresario de Berlín llama a la puerta para proponerle que vaya con él a la gran ciudad y exponga sus nuevas creaciones en los escaparates de su imperio de grandes almacenes. August Eschenburg aceptará el ofrecimiento, comenzado de ese modo una carrera sistemática por alcanzar la perfección, sin darse cuenta de que el mundo a su alrededor está cambiando vertiginosamente y de que las modas pasajeras acabarán por condenar sus obras al olvido. Si algo nos queda al finalizar la lectura de esta historia, es la sensación de entender un poco más el papel que el artista desempeña en la sociedad y lo efímero que en la mayoría de ocasiones resultan sus creaciones. Pero esto sólo es una percepción particular, nada más.

Entre las obras de Steven Millhauser destacan su ópera prima Edwin Mullhouse, la mencionada y galardonada Martin Dressler, la colección de relatos Pequeños reinos y la novela corta de la que aquí se hace referencia, August Eschenburg. No obstante, su fama a nivel mundial tal vez se deba a una de sus narraciones que fue adaptada para la gran pantalla y que muchos todavía conservarán en la retina, Eisenheim el ilusionista.

viernes, 25 de febrero de 2011

Robertson Davies, Mantícora (Trilogía de Deptford)

Con Mantícora he roto una de mis principales reglas como lector: si un libro comienza a aburrirte, déjalo y vete a por otro. Ya estaba advertido sobre la calidad literaria de esta novela dentro de la trilogía de Deptford. Todas las críticas la calificaban como la parte más floja. De momento, a falta de leer la última entrega, esas voces llevan razón.

Si el narrador de El quinto en discordia era Dustan Ramsay, amigo del fallecido-asesinado Boy Staunton, en Mantícora el testigo pasará a David Staunton, hijo del malogrado empresario. Con este nuevo narrador cambiamos de punto de vista e incluso de estilo. La novela está construida como una continua serie de sesiones de psicoanálisis que David Staunton, tras la muerte su padre, realiza para bucear en su propio pasado y en el trágico destino de su familia. Para ello viajará hasta Zurich, donde la doctora von Hallen asumirá el papel de sagaz interlocutora. Sus “confesiones” irán tejiendo un nuevo punto de vista sobre la historia, que en ocasiones coinciden y a veces difieren de la primera versión proporcionada por Ramsay. Poco a poco se irá completando parte de un fresco tan amplio como desconcertante, donde queda patente que términos como verdad o realidad se diluyen cuando entran en escena tantos matices y divergencias.

El colofón a la trilogía es El mundo de los prodigios. Veremos qué tal. Pero todas las voces de las que hablaba anteriormente la ponen como la mejor de las tres novelas. Si tienen el mismo acierto que con Mantícora, Robertson Davies me proporcionará un placer como lector sin precedentes. Al menos eso espero, porque a estas alturas de la vida tengo asumido de sobras que sobre gustos no hay nada escrito.

viernes, 11 de febrero de 2011

Paul Auster, Sunset Park

Vaya por delante mi incondicional admiración a Paul Auster. Son muchos los años y muchas las novelas que arrastro en mi bagaje personal, en compañía de este autor neoyorquino que se ha ganado a pulso su merecida fama. Por este motivo, lamento que el primer artículo que escribo sobre él deba versar sobre su última novela, Sunset Park. Dentro de su variopinta bibliografía, con algunos comprensibles altibajos en su calidad (ninguno de los grandes se libra), esta obra se encuentra entre las más flojas de su producción literaria. Sin embargo, aclarado este aspecto, esto no debería ser un obstáculo para disfrutar de una novela modesta pero bien solventada, en la que deberemos degustar más la descripción y naturaleza de los personajes que el complejo intríngulis de su trama, algo a lo que nos tenía tan bien acostumbrados Paul Auster, con aquellos sorprendentes giros del destino provocados por el caprichoso azar y con aquel juego de cajas chinas en las que la realidad se confundía con la fábula.

Sunset Park
está construida a partir de una serie de voces. Aunque, aparentemente, la historia parece centrarse en la primera voz con la que arranca la novela, la de Miles Heller, a medida que la narración avanza va perdiendo fuerza su protagonismo para compartirlo poco a poco con otra serie de personajes que acabarán teniendo tanta importancia como él en el fresco que conforma esta obra. Miles Heller, un joven de veintiocho años, regresa a Nueva York tras casi un década de huidas por varios estados norteamericanos. Un desgraciado accidente hizo que tomara la determinación de abandonar la universidad y la casa paterna. En su deambular, ganándose la vida en trabajos de mala muerte, conoce en Florida a Pilar Sanchez, una chica de origen cubano a la que le falta un año para llegar a la mayoría de edad. Comenzarán una relación que deberán ocultar al resto del mundo (en Estados Unidos salir con una menor puede acarrear penas muy duras de cárcel), con la única excepción de las hermanas de Pilar. Aunque dan el visto bueno a la pareja, una de ellas, Angela, la mayor, trata de sacar provecho de la delicada situación. Miles se verá obligado a regresar a Nueva York hasta que Pilar cumpla los dieciocho. Pero no volverá con sus padres, sino que tomará la palabra a su amigo Bing Nathan, la única persona con la que había mantenido contacto durante todos aquellos años de ausencia, y quien le había ofrecido una habitación en una casa de un barrio de Brooklyn, Sunset Park. La particularidad de este ofrecimiento es que se trata de una casa ocupada, por lo que deberá transgredir la ley una vez más.

Una vez la acción pasa a la casa ocupada de Sunset Park, el resto de voces hacen su aparición. Entre ellas, sobresalen la del ya mencionado Bing Nathan (un idealista que lleva un negocio con un nombre tan peculiar como el Hospital de Objetos Rotos), la de Alice Bergstrom (una estudiante que está ultimando una tesis sobre la película Los mejores años de nuestra vida) y la de Ellen Brice (una joven que trabaja en una inmobiliaria venida a menos, con muchos problemas de autoestima y que encontrará en la pintura una salida a ellos). En este momento es cuando la novela se convierte en coral. Todos ellos son los inquilinos de la casa ocupada y alternan los episodios de su vida cotidiana en ella, exponiendo al mismo tiempo sus miedos y sus anhelos personales. Ya lo de menos es seguir con la historia particular de Miles Heller, incluso cuando hace su aparición su padre, Morris Heller, como una más de las voces narradoras.


El hilo argumental es lineal y previsible y quienes esperen llegar a un final revelador se sentirán tremendamente decepcionados. Como ya he comentado, ésta es una novela de personajes, por lo que hay que buscar el aliciente literario en la descripción más que en la construcción. Y aunque Sunset Park es una obra más que aceptable, estamos muy lejos de encontrarnos ante el mejor Auster.

viernes, 4 de febrero de 2011

Dennis Lehane, Lo que es sagrado

¿Qué mayor alegría hay que descubrir un día entre las novedades literarias un título ansiosamente esperado? ¿No es una sorpresa capaz de enderezarnos el día si nos hemos levantado con el pie izquierdo? Pocos placeres nos quedan hoy entre tanto estrés social y existencial. Éste es uno de ellos, por descontado. Lo que es sagrado (Sacred, en inglés) es la nueva entrega protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Aunque se trata del tercer libro de la serie, ha sido el último en ser publicado. Tal vez sea el más flojo, pero no importa, se disfruta igual. La calidad de Dennis Lehane es tan alta que aunque baje el listón tenemos la garantía de pasar unos momentos inolvidables con su lectura.

Si a su incuestionable calidad literaria le sumamos su carácter afable, es normal que a este autor lo tenga en muy alta estima, por lo que cada nuevo libro suyo siempre se convierte en un verdadero acontecimiento para mí. Hace unos años Dennis Lehane visitó Barcelona para presentar la que por entonces era su última obra, Shutter Island. Tuve el honor de que me firmara un ejemplar en esa maravillosa librería anclada en medio de la Barceloneta, en el número 5 de la calle de la sal, todo un lujo para los que somos aficionados a la novela negra, puesto que es la única especializada en este género. En Negra y criminal (ése es su nombre, por si todavía queda alguien que no haya oído hablar de ella) se pueden hallar, aparte de la obra completa de Dennis Lehane, auténticas joyas prácticamente desconocidas para el público español. Además, si nos acercamos un sábado por la mañana, amablemente se nos invita a unirnos a su tradicional aperitivo de mejillones regados con vino. ¡Hay algo más auténtico y anacrónico en esta sociedad donde toman la batuta del mundo editorial y los hábitos de lectura las grandes superficies! Tras este paréntesis, volvamos a la obra que nos ocupa.

Como la mayoría de las novelas de la serie, Lo que es sagrado toma como arranque argumental la desaparición de una persona. Patrick Kenzie y Angela Gennaro son contratados por Trevor Stone, un multimillonario al que un cáncer le augura pocos meses de vida. Antes de morir trata desesperadamente de encontrar a su hija Desiree, desaparecida semanas atrás. Les cuenta que en aquella época se encontraba muy afectada por la traumática muerte de su madre y por el repentino fallecimiento de su novio. Sin embargo, Desirée no ha sido la única en desaparecer. También lo ha hecho Jay Becker cuando por fin había dado con ella, el mismo detective que se lo enseñó todo a Patrick. Al retomar el caso donde los informes de Becker lo dejaron, Patrick y Angela se topan con una secta religiosa ligada a una organización de dudosa naturaleza llamada Alivio de la Pena S.A. Tras obtener información mediante métodos no muy ortodoxos, descubren el cabo del hilo del cual pueden tirar para desenmarañar el ovillo. Del frío Boston viajarán a la cálida Florida, un espejismo de aparente perfección, siguiendo la pista de uno de los líderes de Alivio de la Pena. Jeff Price se ha fugado en compañía de Desirée con un par de millones de dólares sacados del tinglado que tienen montado en Boston. Al llegar a Florida todo el asunto tomará un cariz distinto y sorprendente. Nada resultará como Patrick y Angela se esperan y nadie parecerá ser quien dice ser.

Ya desde su primera obra, Un trago antes de la guerra (citada en este blog), este autor norteamericano se nos presentó como un maestro en el arte del diálogo. En esta novela no hace más que afianzarse y perfeccionar aún más este elemento literario tan menospreciado en ocasiones. Dennis Lehane borda sus diálogos y los carga con una ironía que lo hace único, sirviéndole para compensar la carga tremendista de muchas de las escenas en las que nos aboca. El empleo de este recurso es un acierto que ya empleó en su día uno de los padres de la novela negra contemporánea, Raymond Chandler. Ambos hacen que su protagonista combata la injusticia social ayudándose de buenas dosis de humor, aunque a veces resulte un humor un tanto agrio, cargado de desesperanza. Como buen sucesor en este linaje de escritores, Dennis Lehane (como muchos otros) hace suyo el legado y lo perfecciona bajo su prisma particular.

A finales del año pasado, Dennis Lehane publicó la última novela de la serie (la sexta), Moonlight Mile. Sin embargo, me temo que aquí tardaremos un tiempo considerable en poder disfrutar de su traducción. Pero al mal tiempo buena cara, como suelen decir, porque seguramente cuando menos lo esperemos, cuando caminemos cabizbajos tras un día nefasto, entraremos en una librería para sacudirnos el tedio antes de regresar a casa y volveremos a descubrir sobre la mesa de novedades la nueva obra de Dennis Lehane. Nuestro rostro sonreirá y un regocijo recorrerá todo nuestro interior, a sabiendas de las maravillosas horas que tenemos por delante, en esa evasión y en esa furia que compartiremos con Patrick y Angela, una vez más.

viernes, 21 de enero de 2011

Robertson Davies, El quinto en discordia (Trilogía de Deptford)


Sé que por mucho que me esfuerce nunca podré escribir como Robertson Davies, ni siquiera una página, ni un párrafo tal vez. Cuando comienzas a leer cualquiera de sus novelas te das cuenta de que posee el anómalo don de narrar, de contar una historia haciendo que sus lectores se aferren a sus butacas ávidos de más acontecimientos, sin ver el momento de abandonar el volumen que tienen entre sus manos. Esta virtud de hechizar al público sólo la poseen unos pocos elegidos, no se puede enseñar ni aprender, o se tiene o no se tiene, y desgraciadamente la mayoría de los mortales carecemos de ella. Por este motivo, cuando nos topamos con un narrador de este calibre debemos aferrarnos a su obra con fe ciega, intuyendo que todo lo que tiene que ofrecernos nos va a cautivar irremediablemente.

En la literatura de Robertson Davies nada chirría, todo fluye de una manera natural y harmoniosa, sin prisas, sin incongruencias. La elegancia de su prosa consiste en narrar sin que el lenguaje se convierta en un obstáculo para la transparencia de la historia. Aunque la literatura de Davies tiene tintes decimonónicos, su voz no suena anticuada, al contrario, es fresca, actual, maravillosamente reveladora. Como anécdota quisiera recodar un episodio que tuvo lugar ante otro de los grandes, John Irving, cuando Robertson Davies fue a visitarlo. El escritor americano estaba en compañía de su hijo pequeño y, tras presenciar el aspecto imponente de aquel visitante, alto y robusto, elegantemente vestido, con todo ese cabello blanco que le poblaba la cabeza, le preguntó amedrentado a su padre si era el mismísimo Dios quien estaba plantado en medio del salón del hogar familiar. Realmente debemos disculpar al hijo de Irving aquella comprensible metedura de pata, pues quien observe cualquier fotografía de Robertson Davies en su madurez podría llegar a la misma conclusión. Queda claro, de este modo, que su aspecto físico va acorde con su escritura. Y es más, a cualquiera que desconozca su biografía le sorprenderá saber que tanto ese personaje que parece extraído de un salón victoriano del XIX como la literatura que sale de su pluma hayan ocupado, en realidad, gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

William Robertson Davies nació en la población de Thomasville, ubicada en la región de Ontario, Canadá, el 28 de agosto de 1913. Desde su infancia estuvo rodeado de un ambiente en el se primaba la cultura. Su padre, al igual que el padre del protagonista de El quinto en discordia, era propietario de un diario local. Ya desde pequeño participó como actor en funciones teatrales, ámbito y profesión que años más tarde se convertirían en el verdadero epicentro de su vida. Tras su paso por diversos centros educativos canadienses, viajó a Europa para estudiar en la universidad de Oxford, donde se licenció en Literatura en 1938. Más tarde entró como actor en la Old Vic Repertory Company, donde conoció a la joven Brenda Mathews, con quien poco tiempo después contrajo matrimonio. Acompañado de su esposa, regresa a Canadá en 1940, donde comenzará una exitosa carrera de autor dramático y columnista en diversos periódicos. A partir de los años 50 inicia su faceta como novelista, concretamente elaborando trilogías. La primera de ellas será la de Salterton, seguirá la Deptford y la de Cornish, y dejará inconclusa la de Toronto. Un total de 11 novelas, a cuál mejor, a cuál más reveladora y original. Durante la elaboración de la trilogía de Deptford – El quinto en discordia (1970), Mantícora (1972) y El mundo de los prodigios (1975) -, deja poco a poco el periodismo para dedicarse a la enseñanza en la universidad de Toronto y a la elaboración de sus magníficas obras. Robertson Davies falleció el 2 de diciembre de 1995 en Orangeville, en la misma región que lo vio nacer y en el mismo país en el que se consagró como uno de sus más grandes literatos de todos los tiempos. Su vida ocupó prácticamente un siglo, el mismo siglo que se ha caracterizado por los avances tecnológicos, y es un dato curioso de comentar ya que la imagen del autor que nos ha quedado parece más sacada de un daguerrotipo de época que de una fotografía digital.

Como anteriormente he mencionado, El quinto en discordia forma parte de la trilogía de Deptford. Deptford es la localidad canadiense donde transcurre gran parte de la acción de la historia y de donde proceden sus personajes. En un estilo muy propio del mismísimo Dickens, Robertson Davies nos introduce en este escenario donde se nos permite contemplar como privilegiados espectadores las consecuencias que determinados acontecimientos tienen en sus vidas. Es más, asistimos paso a paso a la suerte que el Destino les tiene reservados a cada uno de ellos y a su evolución personal. Lo más destacado de El quinto en discordia es su voz narrativa. Dustan Ramsay nos cuenta en primera persona su historia o, más bien, se la narra al director del centro académico del cual fue profesor durante más de cuarenta años. Recién retirado, Dustan Ramsay siente la necesidad de desquitarse de las falsas acusaciones y elucubraciones que giran en torno a él desde un alumnado que las utiliza para hacer chanza a su costa. Detenidamente, nos contará los sucesos que marcaron su vida y las de quienes le rodeaban, desde el accidente que marcó su niñez a causa de una simple bola de nieve, pasando por su vía crucis en las trincheras embarradas durante la Primera Guerra Mundial hasta su llegada a la enseñanza y su ferviente afición a la hagiografía, es decir, a la historia de las vidas de los santos. Durante su relato, Dustan Ramsay se detendrá en la relación que mantenía con otros personajes de Deptford, algunos tan diferentes y anómalos como el millonario Boy Staunton, la enigmática Mary Dempster o su desaparecido hijo Paul, alias Magnus Eisengrim.

Al tratarse de una trilogía, iré desgranando novela a novela mis opiniones a medida que vaya finalizando su lectura. De momento, sólo puedo decir que este primer volumen de la trilogía de Deptford es apasionante. Además de dejar en el lector el regusto de la buena literatura, nos da esa sensación de no estar saciados por completo y desear seguir leyendo todo lo que el autor aún tiene que ofrecernos. Tenemos la suerte que Libros del Asteroide ha publicado el conjunto de las trilogías de Deptford y de Cornish. De la última que Robertson Davies comenzó a escribir, Destino sacó al mercado en la década de los noventa sus dos primeras novelas. Sin embargo, es una lástima que a día de hoy encontrarlas sea prácticamente imposible. Por ese motivo y antes de que sea demasiado tarde, os aconsejo que os deis prisa en haceros con esos seis libros antes de que las modas pasajeras y los apuros económicos que sufren las pequeñas editoriales nos priven de ellos.

viernes, 7 de enero de 2011

Noah Gordon, La bodega

Noah Gordon publicó La bodega en 2007, como un sentido homenaje al país que tan bien le ha acogido tanto a él como a su obra, y prometiendo que no volverá a escribir ninguna novela más (dada su edad de octogenario, le da cierto temor pensar que la muerte le pueda sorprender a media redacción de una de sus voluminosas historias). La bodega es un libro entretenido, sin más, sobre todo para aquellos que aman (entre los que me incluyo) el mundo de la enología. En sus páginas se mezcla, en un perfecto coupage, la historia reciente de nuestros antepasados en tierras catalanas con el aroma del mosto fermentando en enormes barricas de roble. Y hay poco más que añadir.