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viernes, 17 de diciembre de 2010

Jaroslav Seifert, Toda la belleza del mundo

A medida que los años van calando en mi cuerpo y en mi alma (sobre todo en mi alma) me pregunto por qué a lo largo de mi vida he desperdiciado tantos instantes que prometían, a priori, una inmensa felicidad y belleza. Sólo mucho tiempo después, cuando ya sólo quedaba el difuminado eco del pasado, he sido capaz de saborear los jirones que han logrado sobrevivir, arrepintiéndome por no haber sabido abarcar en su momento todo lo que me ofrecían, a sabiendas de que aquellas épocas no regresarán.

La vida de Jaroslav Seifert tiene como puerto de salida y de llegada la contradictoria ciudad de Praga. Y utilizo el término contracción para manifestar que en ella se une lo bello y lo feo, lo sublime y lo grotesco, tal y como el propio autor nos lo va dejando entrever en sus escritos. Nació en 1901 y falleció en 1986, por lo que fue un verdadero testigo de los sinsabores y sinsentidos del siglo que hace poco dejamos atrás. Aunque su obra se compone esencialmente de extraordinarios poemarios, unos años antes de su muerte nos dejó su maravilloso libro autobiográfico Toda la belleza del mundo.

Al igual que lo hiciera Ernest Hemingway en su París era una fiesta o Elias Canetti en sus diversos volúmenes de memorias, Jaroslav Seifert nos presenta sus recuerdos de un modo que se asemeja a los anteriores en su composición fragmentaria y anecdótica. Contemplando ahora los nombres que acabo de citar me doy cuenta de que se trata de tres autores laureados con el Nobel de Literatura. Y ciertamente algo común (aparte del premio) los une: un despliegue de fuerza descomunal, de superación de adversidades en pos de un logro, de la consecución de una obra sólida y original.

No espere hallar el lector en esta obra un compendio de anécdotas alegres y hermosas. Todo lo contrario, nos hayamos ante un relato donde prima la añoranza y la pérdida. Sin embargo, en medio de esa melancolía, de ese deambular de fantasmas que tratan de sobrevivir en el recuerdo de las páginas del libro, aparece milagrosamente un destello de belleza. A veces, como nos suele ocurrir a la mayoría de las personas, cuando miramos atrás, algunos hechos aislados que creíamos olvidados resurgen ante nosotros de una manera tan vívida y contundente que despiertan en nuestro ánimo un sentimiento que se asemeja a la alegría. Y al contemplar con nostalgia ciertos acontecimientos, ciertos escenarios, ciertas voces pasadas, no podemos más que reprimir una expresión que brota de nuestro propio corazón y que grita “¡qué bello fue aquel instante!”, porque es en ese preciso momento cuando entendemos realmente el sentido y el valor de nuestro paso por la vida.

Toda la belleza del mundo de Jaroslav Seifert es un libro que seguramente no encontraréis en las librerías. Se publicó hace años y no ha vuelto a reeditarse recientemente. No obstante, puede conseguirse fácilmente y a precios muy asequibles en las librerías de viejo. El ejemplar que con mucho cariño conservo lo adquirí en una librería de Madrid a través de Internet (librosalcana.com) a la que suelo recurrir con bastante frecuencia cuando el mercado editorial me impide llegar a los autores que realmente amo y que injustamente relegaron al olvido.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Bohumil Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados

Trenes rigurosamente vigilados es, tal vez, la obra más atípica de Bohumil Hrabal dentro de su narrativa, quizá debido al tratarse de la menos experimental o tal vez al no estar impregnada de principio a fin de su tan característico pesimismo. Lo que sí la asemeja al resto de sus novelas es el trazado tan personal con el que esboza a sus personajes y tan evidente en el protagonista de esta breve pieza.

Bohumil Hrabal nació en Brno en 1914, considerada la segunda ciudad más importante de la República Checa. Para entender la obra y la vida del autor no podemos obviar el periodo que le tocó vivir. Su nacimiento coincide con el estallido de la Primera Guerra Mundial y su formación académica con el transcurso de la Segunda. Por ello, su formación personal atiende y se nutre de este periodo bélico en el que su país siempre desempeñó un papel crucial durante ambas trifulcas. No obstante, y como muy bien señala su traductora al español Monika Zgustová, Hrabal desecha cualquier recuerdo pesimista de este periodo de opresión, no guarda rencores para con los ocupantes; muy al contrario, agradece este lapso de tiempo en el que las instituciones públicas permanecen adormecidas, entre ellas la universidad de Praga donde estudiaba Derecho, como una vía de escape, una concesión de libertad frente a la rigidez y la dedicación académica. Durante estos años en los que Alemania convierte la región en uno más de sus protectorados, Bohumil Hrabal trabajará en una estación de trenes.

Y es así cómo arranca esta novela y el desinterés que adopta el joven protagonista ante todo lo que le rodea. La ocupación está llegando a su fin y lo único que parece importarle al personaje es su uniforme tan lustroso de ferroviario y sus aspiraciones de llegar a ser factor. Y si miramos un poco más allá, analizando el fresco de personajes que aparecen y desaparecen en las vicisitudes del joven, no podemos más que pensar en dos grandes figuras de la literatura checa de la primera mitad del XX (esto también lo apuntaba muy bien Zgustová): Franz Kafka y Jaroslav Hašek. Toma la esencia de ambos y, amasándola a su gusto, da un paso más allá. Mediante la pericia de su prosa y su propia experiencia vital, hace que las obras de estos dos gigantes confluyan en la suya propia. De Kafka encontramos los laberínticos tejemanejes burocráticos, las puertas de nuestros superiores que se van sucediendo una tras otra sin ver un fin (¿hay una puerta final?, ¿un jefe supremo?), el sinsentido de muchas decisiones que vienen de estamentos invisibles y que determinan inexorablemente nuestro destino y nuestro fin. Por otra parte, de Hašek, y particularmente de su gran obra El buen soldado Švejk, descubrimos la burla y la mofa hacia cualquier cosa trascendente, imperan las aptitudes bienintencionadas y la ebriedad que adormece la razón, todo ello dirigido a las mismas instituciones que nos atemorizan en los relatos kafkianos. En resumidas cuentas, Hrabal esboza temas en apariencia trágicos desde la comicidad que siempre lleva consigo la condición humana.

Otro aspecto determinante en la obra de Bohumil Hrabal, aquello que la hace única y original, es que vivió y escribió desde la humildad. Siempre quiso estar rodeado de los personajes que gustosamente cedían sus anécdotas para que el escritor las incluyese en sus novelas. Y su humildad era necesaria para que funcionase el tú a tú imprescindible en su estilo, en el cual el autor no se puede poner por encima de sus criaturas y retratarlas desde la distancia. Es necesario implicarse, palpar las miserias y las alegrías, arremangarse las mangas y ponerse manos a la obra, aunque no se resulte siempre agradecido tal esfuerzo.

Se ha especulado mucho acerca de su muerte. Cada uno que saque sus propias conclusiones. La mañana del 3 de febrero de 1997 se cayó del quinto piso del hospital en el que se encontraba. Se había puesto sus mejores galas (los pantalones tejanos que tanto le gustaban) y daba de comer a unas palomas en el alféizar de su ventana.