viernes, 11 de febrero de 2011

Paul Auster, Sunset Park

Vaya por delante mi incondicional admiración a Paul Auster. Son muchos los años y muchas las novelas que arrastro en mi bagaje personal, en compañía de este autor neoyorquino que se ha ganado a pulso su merecida fama. Por este motivo, lamento que el primer artículo que escribo sobre él deba versar sobre su última novela, Sunset Park. Dentro de su variopinta bibliografía, con algunos comprensibles altibajos en su calidad (ninguno de los grandes se libra), esta obra se encuentra entre las más flojas de su producción literaria. Sin embargo, aclarado este aspecto, esto no debería ser un obstáculo para disfrutar de una novela modesta pero bien solventada, en la que deberemos degustar más la descripción y naturaleza de los personajes que el complejo intríngulis de su trama, algo a lo que nos tenía tan bien acostumbrados Paul Auster, con aquellos sorprendentes giros del destino provocados por el caprichoso azar y con aquel juego de cajas chinas en las que la realidad se confundía con la fábula.

Sunset Park
está construida a partir de una serie de voces. Aunque, aparentemente, la historia parece centrarse en la primera voz con la que arranca la novela, la de Miles Heller, a medida que la narración avanza va perdiendo fuerza su protagonismo para compartirlo poco a poco con otra serie de personajes que acabarán teniendo tanta importancia como él en el fresco que conforma esta obra. Miles Heller, un joven de veintiocho años, regresa a Nueva York tras casi un década de huidas por varios estados norteamericanos. Un desgraciado accidente hizo que tomara la determinación de abandonar la universidad y la casa paterna. En su deambular, ganándose la vida en trabajos de mala muerte, conoce en Florida a Pilar Sanchez, una chica de origen cubano a la que le falta un año para llegar a la mayoría de edad. Comenzarán una relación que deberán ocultar al resto del mundo (en Estados Unidos salir con una menor puede acarrear penas muy duras de cárcel), con la única excepción de las hermanas de Pilar. Aunque dan el visto bueno a la pareja, una de ellas, Angela, la mayor, trata de sacar provecho de la delicada situación. Miles se verá obligado a regresar a Nueva York hasta que Pilar cumpla los dieciocho. Pero no volverá con sus padres, sino que tomará la palabra a su amigo Bing Nathan, la única persona con la que había mantenido contacto durante todos aquellos años de ausencia, y quien le había ofrecido una habitación en una casa de un barrio de Brooklyn, Sunset Park. La particularidad de este ofrecimiento es que se trata de una casa ocupada, por lo que deberá transgredir la ley una vez más.

Una vez la acción pasa a la casa ocupada de Sunset Park, el resto de voces hacen su aparición. Entre ellas, sobresalen la del ya mencionado Bing Nathan (un idealista que lleva un negocio con un nombre tan peculiar como el Hospital de Objetos Rotos), la de Alice Bergstrom (una estudiante que está ultimando una tesis sobre la película Los mejores años de nuestra vida) y la de Ellen Brice (una joven que trabaja en una inmobiliaria venida a menos, con muchos problemas de autoestima y que encontrará en la pintura una salida a ellos). En este momento es cuando la novela se convierte en coral. Todos ellos son los inquilinos de la casa ocupada y alternan los episodios de su vida cotidiana en ella, exponiendo al mismo tiempo sus miedos y sus anhelos personales. Ya lo de menos es seguir con la historia particular de Miles Heller, incluso cuando hace su aparición su padre, Morris Heller, como una más de las voces narradoras.


El hilo argumental es lineal y previsible y quienes esperen llegar a un final revelador se sentirán tremendamente decepcionados. Como ya he comentado, ésta es una novela de personajes, por lo que hay que buscar el aliciente literario en la descripción más que en la construcción. Y aunque Sunset Park es una obra más que aceptable, estamos muy lejos de encontrarnos ante el mejor Auster.

viernes, 4 de febrero de 2011

Dennis Lehane, Lo que es sagrado

¿Qué mayor alegría hay que descubrir un día entre las novedades literarias un título ansiosamente esperado? ¿No es una sorpresa capaz de enderezarnos el día si nos hemos levantado con el pie izquierdo? Pocos placeres nos quedan hoy entre tanto estrés social y existencial. Éste es uno de ellos, por descontado. Lo que es sagrado (Sacred, en inglés) es la nueva entrega protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Aunque se trata del tercer libro de la serie, ha sido el último en ser publicado. Tal vez sea el más flojo, pero no importa, se disfruta igual. La calidad de Dennis Lehane es tan alta que aunque baje el listón tenemos la garantía de pasar unos momentos inolvidables con su lectura.

Si a su incuestionable calidad literaria le sumamos su carácter afable, es normal que a este autor lo tenga en muy alta estima, por lo que cada nuevo libro suyo siempre se convierte en un verdadero acontecimiento para mí. Hace unos años Dennis Lehane visitó Barcelona para presentar la que por entonces era su última obra, Shutter Island. Tuve el honor de que me firmara un ejemplar en esa maravillosa librería anclada en medio de la Barceloneta, en el número 5 de la calle de la sal, todo un lujo para los que somos aficionados a la novela negra, puesto que es la única especializada en este género. En Negra y criminal (ése es su nombre, por si todavía queda alguien que no haya oído hablar de ella) se pueden hallar, aparte de la obra completa de Dennis Lehane, auténticas joyas prácticamente desconocidas para el público español. Además, si nos acercamos un sábado por la mañana, amablemente se nos invita a unirnos a su tradicional aperitivo de mejillones regados con vino. ¡Hay algo más auténtico y anacrónico en esta sociedad donde toman la batuta del mundo editorial y los hábitos de lectura las grandes superficies! Tras este paréntesis, volvamos a la obra que nos ocupa.

Como la mayoría de las novelas de la serie, Lo que es sagrado toma como arranque argumental la desaparición de una persona. Patrick Kenzie y Angela Gennaro son contratados por Trevor Stone, un multimillonario al que un cáncer le augura pocos meses de vida. Antes de morir trata desesperadamente de encontrar a su hija Desiree, desaparecida semanas atrás. Les cuenta que en aquella época se encontraba muy afectada por la traumática muerte de su madre y por el repentino fallecimiento de su novio. Sin embargo, Desirée no ha sido la única en desaparecer. También lo ha hecho Jay Becker cuando por fin había dado con ella, el mismo detective que se lo enseñó todo a Patrick. Al retomar el caso donde los informes de Becker lo dejaron, Patrick y Angela se topan con una secta religiosa ligada a una organización de dudosa naturaleza llamada Alivio de la Pena S.A. Tras obtener información mediante métodos no muy ortodoxos, descubren el cabo del hilo del cual pueden tirar para desenmarañar el ovillo. Del frío Boston viajarán a la cálida Florida, un espejismo de aparente perfección, siguiendo la pista de uno de los líderes de Alivio de la Pena. Jeff Price se ha fugado en compañía de Desirée con un par de millones de dólares sacados del tinglado que tienen montado en Boston. Al llegar a Florida todo el asunto tomará un cariz distinto y sorprendente. Nada resultará como Patrick y Angela se esperan y nadie parecerá ser quien dice ser.

Ya desde su primera obra, Un trago antes de la guerra (citada en este blog), este autor norteamericano se nos presentó como un maestro en el arte del diálogo. En esta novela no hace más que afianzarse y perfeccionar aún más este elemento literario tan menospreciado en ocasiones. Dennis Lehane borda sus diálogos y los carga con una ironía que lo hace único, sirviéndole para compensar la carga tremendista de muchas de las escenas en las que nos aboca. El empleo de este recurso es un acierto que ya empleó en su día uno de los padres de la novela negra contemporánea, Raymond Chandler. Ambos hacen que su protagonista combata la injusticia social ayudándose de buenas dosis de humor, aunque a veces resulte un humor un tanto agrio, cargado de desesperanza. Como buen sucesor en este linaje de escritores, Dennis Lehane (como muchos otros) hace suyo el legado y lo perfecciona bajo su prisma particular.

A finales del año pasado, Dennis Lehane publicó la última novela de la serie (la sexta), Moonlight Mile. Sin embargo, me temo que aquí tardaremos un tiempo considerable en poder disfrutar de su traducción. Pero al mal tiempo buena cara, como suelen decir, porque seguramente cuando menos lo esperemos, cuando caminemos cabizbajos tras un día nefasto, entraremos en una librería para sacudirnos el tedio antes de regresar a casa y volveremos a descubrir sobre la mesa de novedades la nueva obra de Dennis Lehane. Nuestro rostro sonreirá y un regocijo recorrerá todo nuestro interior, a sabiendas de las maravillosas horas que tenemos por delante, en esa evasión y en esa furia que compartiremos con Patrick y Angela, una vez más.

viernes, 21 de enero de 2011

Robertson Davies, El quinto en discordia (Trilogía de Deptford)


Sé que por mucho que me esfuerce nunca podré escribir como Robertson Davies, ni siquiera una página, ni un párrafo tal vez. Cuando comienzas a leer cualquiera de sus novelas te das cuenta de que posee el anómalo don de narrar, de contar una historia haciendo que sus lectores se aferren a sus butacas ávidos de más acontecimientos, sin ver el momento de abandonar el volumen que tienen entre sus manos. Esta virtud de hechizar al público sólo la poseen unos pocos elegidos, no se puede enseñar ni aprender, o se tiene o no se tiene, y desgraciadamente la mayoría de los mortales carecemos de ella. Por este motivo, cuando nos topamos con un narrador de este calibre debemos aferrarnos a su obra con fe ciega, intuyendo que todo lo que tiene que ofrecernos nos va a cautivar irremediablemente.

En la literatura de Robertson Davies nada chirría, todo fluye de una manera natural y harmoniosa, sin prisas, sin incongruencias. La elegancia de su prosa consiste en narrar sin que el lenguaje se convierta en un obstáculo para la transparencia de la historia. Aunque la literatura de Davies tiene tintes decimonónicos, su voz no suena anticuada, al contrario, es fresca, actual, maravillosamente reveladora. Como anécdota quisiera recodar un episodio que tuvo lugar ante otro de los grandes, John Irving, cuando Robertson Davies fue a visitarlo. El escritor americano estaba en compañía de su hijo pequeño y, tras presenciar el aspecto imponente de aquel visitante, alto y robusto, elegantemente vestido, con todo ese cabello blanco que le poblaba la cabeza, le preguntó amedrentado a su padre si era el mismísimo Dios quien estaba plantado en medio del salón del hogar familiar. Realmente debemos disculpar al hijo de Irving aquella comprensible metedura de pata, pues quien observe cualquier fotografía de Robertson Davies en su madurez podría llegar a la misma conclusión. Queda claro, de este modo, que su aspecto físico va acorde con su escritura. Y es más, a cualquiera que desconozca su biografía le sorprenderá saber que tanto ese personaje que parece extraído de un salón victoriano del XIX como la literatura que sale de su pluma hayan ocupado, en realidad, gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

William Robertson Davies nació en la población de Thomasville, ubicada en la región de Ontario, Canadá, el 28 de agosto de 1913. Desde su infancia estuvo rodeado de un ambiente en el se primaba la cultura. Su padre, al igual que el padre del protagonista de El quinto en discordia, era propietario de un diario local. Ya desde pequeño participó como actor en funciones teatrales, ámbito y profesión que años más tarde se convertirían en el verdadero epicentro de su vida. Tras su paso por diversos centros educativos canadienses, viajó a Europa para estudiar en la universidad de Oxford, donde se licenció en Literatura en 1938. Más tarde entró como actor en la Old Vic Repertory Company, donde conoció a la joven Brenda Mathews, con quien poco tiempo después contrajo matrimonio. Acompañado de su esposa, regresa a Canadá en 1940, donde comenzará una exitosa carrera de autor dramático y columnista en diversos periódicos. A partir de los años 50 inicia su faceta como novelista, concretamente elaborando trilogías. La primera de ellas será la de Salterton, seguirá la Deptford y la de Cornish, y dejará inconclusa la de Toronto. Un total de 11 novelas, a cuál mejor, a cuál más reveladora y original. Durante la elaboración de la trilogía de Deptford – El quinto en discordia (1970), Mantícora (1972) y El mundo de los prodigios (1975) -, deja poco a poco el periodismo para dedicarse a la enseñanza en la universidad de Toronto y a la elaboración de sus magníficas obras. Robertson Davies falleció el 2 de diciembre de 1995 en Orangeville, en la misma región que lo vio nacer y en el mismo país en el que se consagró como uno de sus más grandes literatos de todos los tiempos. Su vida ocupó prácticamente un siglo, el mismo siglo que se ha caracterizado por los avances tecnológicos, y es un dato curioso de comentar ya que la imagen del autor que nos ha quedado parece más sacada de un daguerrotipo de época que de una fotografía digital.

Como anteriormente he mencionado, El quinto en discordia forma parte de la trilogía de Deptford. Deptford es la localidad canadiense donde transcurre gran parte de la acción de la historia y de donde proceden sus personajes. En un estilo muy propio del mismísimo Dickens, Robertson Davies nos introduce en este escenario donde se nos permite contemplar como privilegiados espectadores las consecuencias que determinados acontecimientos tienen en sus vidas. Es más, asistimos paso a paso a la suerte que el Destino les tiene reservados a cada uno de ellos y a su evolución personal. Lo más destacado de El quinto en discordia es su voz narrativa. Dustan Ramsay nos cuenta en primera persona su historia o, más bien, se la narra al director del centro académico del cual fue profesor durante más de cuarenta años. Recién retirado, Dustan Ramsay siente la necesidad de desquitarse de las falsas acusaciones y elucubraciones que giran en torno a él desde un alumnado que las utiliza para hacer chanza a su costa. Detenidamente, nos contará los sucesos que marcaron su vida y las de quienes le rodeaban, desde el accidente que marcó su niñez a causa de una simple bola de nieve, pasando por su vía crucis en las trincheras embarradas durante la Primera Guerra Mundial hasta su llegada a la enseñanza y su ferviente afición a la hagiografía, es decir, a la historia de las vidas de los santos. Durante su relato, Dustan Ramsay se detendrá en la relación que mantenía con otros personajes de Deptford, algunos tan diferentes y anómalos como el millonario Boy Staunton, la enigmática Mary Dempster o su desaparecido hijo Paul, alias Magnus Eisengrim.

Al tratarse de una trilogía, iré desgranando novela a novela mis opiniones a medida que vaya finalizando su lectura. De momento, sólo puedo decir que este primer volumen de la trilogía de Deptford es apasionante. Además de dejar en el lector el regusto de la buena literatura, nos da esa sensación de no estar saciados por completo y desear seguir leyendo todo lo que el autor aún tiene que ofrecernos. Tenemos la suerte que Libros del Asteroide ha publicado el conjunto de las trilogías de Deptford y de Cornish. De la última que Robertson Davies comenzó a escribir, Destino sacó al mercado en la década de los noventa sus dos primeras novelas. Sin embargo, es una lástima que a día de hoy encontrarlas sea prácticamente imposible. Por ese motivo y antes de que sea demasiado tarde, os aconsejo que os deis prisa en haceros con esos seis libros antes de que las modas pasajeras y los apuros económicos que sufren las pequeñas editoriales nos priven de ellos.

viernes, 7 de enero de 2011

Noah Gordon, La bodega

Noah Gordon publicó La bodega en 2007, como un sentido homenaje al país que tan bien le ha acogido tanto a él como a su obra, y prometiendo que no volverá a escribir ninguna novela más (dada su edad de octogenario, le da cierto temor pensar que la muerte le pueda sorprender a media redacción de una de sus voluminosas historias). La bodega es un libro entretenido, sin más, sobre todo para aquellos que aman (entre los que me incluyo) el mundo de la enología. En sus páginas se mezcla, en un perfecto coupage, la historia reciente de nuestros antepasados en tierras catalanas con el aroma del mosto fermentando en enormes barricas de roble. Y hay poco más que añadir.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Jaroslav Seifert, Toda la belleza del mundo

A medida que los años van calando en mi cuerpo y en mi alma (sobre todo en mi alma) me pregunto por qué a lo largo de mi vida he desperdiciado tantos instantes que prometían, a priori, una inmensa felicidad y belleza. Sólo mucho tiempo después, cuando ya sólo quedaba el difuminado eco del pasado, he sido capaz de saborear los jirones que han logrado sobrevivir, arrepintiéndome por no haber sabido abarcar en su momento todo lo que me ofrecían, a sabiendas de que aquellas épocas no regresarán.

La vida de Jaroslav Seifert tiene como puerto de salida y de llegada la contradictoria ciudad de Praga. Y utilizo el término contracción para manifestar que en ella se une lo bello y lo feo, lo sublime y lo grotesco, tal y como el propio autor nos lo va dejando entrever en sus escritos. Nació en 1901 y falleció en 1986, por lo que fue un verdadero testigo de los sinsabores y sinsentidos del siglo que hace poco dejamos atrás. Aunque su obra se compone esencialmente de extraordinarios poemarios, unos años antes de su muerte nos dejó su maravilloso libro autobiográfico Toda la belleza del mundo.

Al igual que lo hiciera Ernest Hemingway en su París era una fiesta o Elias Canetti en sus diversos volúmenes de memorias, Jaroslav Seifert nos presenta sus recuerdos de un modo que se asemeja a los anteriores en su composición fragmentaria y anecdótica. Contemplando ahora los nombres que acabo de citar me doy cuenta de que se trata de tres autores laureados con el Nobel de Literatura. Y ciertamente algo común (aparte del premio) los une: un despliegue de fuerza descomunal, de superación de adversidades en pos de un logro, de la consecución de una obra sólida y original.

No espere hallar el lector en esta obra un compendio de anécdotas alegres y hermosas. Todo lo contrario, nos hayamos ante un relato donde prima la añoranza y la pérdida. Sin embargo, en medio de esa melancolía, de ese deambular de fantasmas que tratan de sobrevivir en el recuerdo de las páginas del libro, aparece milagrosamente un destello de belleza. A veces, como nos suele ocurrir a la mayoría de las personas, cuando miramos atrás, algunos hechos aislados que creíamos olvidados resurgen ante nosotros de una manera tan vívida y contundente que despiertan en nuestro ánimo un sentimiento que se asemeja a la alegría. Y al contemplar con nostalgia ciertos acontecimientos, ciertos escenarios, ciertas voces pasadas, no podemos más que reprimir una expresión que brota de nuestro propio corazón y que grita “¡qué bello fue aquel instante!”, porque es en ese preciso momento cuando entendemos realmente el sentido y el valor de nuestro paso por la vida.

Toda la belleza del mundo de Jaroslav Seifert es un libro que seguramente no encontraréis en las librerías. Se publicó hace años y no ha vuelto a reeditarse recientemente. No obstante, puede conseguirse fácilmente y a precios muy asequibles en las librerías de viejo. El ejemplar que con mucho cariño conservo lo adquirí en una librería de Madrid a través de Internet (librosalcana.com) a la que suelo recurrir con bastante frecuencia cuando el mercado editorial me impide llegar a los autores que realmente amo y que injustamente relegaron al olvido.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Haruki Murakami, Kafka en la orilla

En un prodigioso artículo de 1999 titulado Correr tras la palabra justa, Joyce Carol Oates confesaba: “Tanto correr como escribir son actividades sumamente adictivas; ambas están, para mí, inextricablemente ligadas a la conciencia. No me recuerdo a mí misma una sola vez que haya estado sin correr y no me recuerdo a mí misma una sola vez que haya estado sin escribir”. Murakami es un corredor de fondo, de ahí que sus novelas sean de largo aliento. Emprender la escritura de una obra que transcurrirá durante centenares de páginas es lo más parecido a correr un maratón: no puedes rendirte a la mitad, debes coger fuerzas de donde sea para sobreponerte a los momentos de desaliento y desfallecimiento y traspasar con decisión la meta de llegada. Ahí está su reciente obra 1Q84, publicada en tres volúmenes (de momento), todo un prodigio en extensión y en madurez creativa según los afortunados que han tenido la oportunidad de leerla. Aquí tendremos que esperar todavía un poco la traducción en español por parte de Tusquets.

Haruki Murakami nació en Kioto el 12 de enero de 1949. Comenzó a escribir relativamente tarde, si superada la treintena se considera una edad tardía para este quehacer producto de la imaginación. En las escasas entrevistas que concede, así como en uno de los primeros capítulos de su libro De qué hablo cuando hablo de correr, explica que fue viendo un partido de béisbol cuando decidió ser escritor. Así, sin más. Estaba sentado en el estadio, una mañana soleada, viendo batear a un jugador y algo dentro suyo le reveló su futuro. Bien mirado podría formar parte de una de las muchas escenas un tanto surrealistas que pueblan su narrativa. Tras publicar dos anodinas novelas, decide dedicarse plenamente a la literatura. Deja el club de jazz que regentaba y concentra todas sus fuerzas en su próxima obra. De este cambio un tanto audaz surge La caza del carnero salvaje, que supone un salto cualitativo en su trayectoria.

Con la aparición en 1987 de Tokio Blues (Norwegian Wood) llega su consagración, dentro y fuera de Japón. Sin embargo, la crítica de su país no suele compartir el entusiasmo de sus incondicionales seguidores, que cada vez son más en cantidad y más fervientes en su devoción. La clase intelectual no le perdona a Murakami que emplee el lenguaje como un instrumento más, rebajándolo a mera cultura popular, desproveyéndolo del misticismo y la sensibilidad que consideran que debe tener toda obra de manera inherente. Las críticas sin piedad que el propio Murakami lanza contra figuras consagradas dentro de las letras niponas, como hacia el controvertido Yukio Mishima, no ayudan precisamente a la reconciliación con sus detractores. Sin ir más lejos, Haruki Murakami huye de su país siempre que tiene oportunidad, pasando largas temporadas en el extranjero, donde tal vez se siente más arropado por las autoridades académicas. Lleva años impartiendo clases de literatura en universidades estadounidenses y se refugia en Hawai para redactar sus novelas y practicar el triatlón, su nueva afición tras dedicarse plenamente durante décadas al maratón.

Murakami confiesa a menudo que cuando se sienta a escribir se imagina que el teclado del ordenador es un piano. El ritmo de la narración es lo más importante para él. En ocasiones, como en una pieza de jazz, toma una imagen y comienza escribir sobre ella, haciéndola fluir, sin saber muy bien a dónde le llevará. Su obra, como toda buena literatura, tiene música. Y la novela que hoy nos ocupa, Kafka en la orilla, no podía ser menos, posee la fuerza suficiente para subyugarnos y atraparnos en el mundo tan particular de este escritor japonés.

Kafka en la orilla narra las historias de Kafka Tamura y Satoru Nakata. Kafka Tamura, un muchacho de quince años, decide escaparse de casa para huir lejos de la figura paterna, un renombrado escultor. Su madre y su hermana los abandonaron cuando era pequeño y sobre él pesa una extraña profecía que el propio padre le desveló, una maldición que recuerda a la historia de Edipo: su destino será matar a su padre y acostarse con su madre y su hermana. Su fuga lo lleva a refugiarse lejos de Tokio, en una biblioteca privada donde conocerá a los singulares Oshima y Saeki, dos seres que albergan tanto misterio como el propio Kafka Tamura. Al mismo tiempo y de forma paralela, conocemos a Satoru Nakata, un sesentón que para sacarse un sobresueldo para complementar su exiguo subsidio vitalicio de invalidez busca gatos perdidos. Su historia se remonta a un curioso incidente que sufrió siendo niño en la montaña, mientras iba de excursión con el resto de compañeros de clase. Por algún extraño suceso, esa mañana, en un claro del bosque, todos entraron momentáneamente en un extraño coma. Al cabo de unas horas fueron despertando la mayoría, todos menos Nakata. Tardó mucho tiempo en despertar, pero cuando lo hizo su cabeza se había vaciado completamente. No recordaba quién era, dónde se encontraba, ni siquiera sabía leer o escribir. Había sido el alumno más aventajado de clase, pero se volvió tonto, como él mismo reconoce cuando se presenta ante alguien... Y le quedó, no obstante, el don de poder hablar con los gatos. Sin embargo, una serie de circunstancias provocan también su huida. A partir de ese momento las vidas de ambos personajes se entrecruzan constantemente para acabar confluyendo de un modo sorprendente e insospechado.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Jesús Moncada, Camino de sirga

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto cómo llegué a tener conocimiento del libro que tengo entre manos y de su autor. Han pasado más de cinco años desde entonces y algo que desconozco ha hecho que éste sea su momento, su preciso y exacto momento para mí.

Por aquel entonces trabajaba a media jornada en una empresa de juguetes, donde me ocupaba de la correspondencia de la pieza perdida (la gente perdía piezas de sus puzles y yo me encargaba de encontrarlas y enviárselas). Además, colaboraba en la corrección de catálogos, así como en la redacción de algún que otro texto para instrucciones o nuevos productos. Únicamente estaba yo en ese departamento y siempre tenía junto a mí una radio para sentirme acompañado (nada de música, sólo programas de debate, noticias, cultura y cosas por el estilo). Cuando iba de un lado para otro la arrastraba conmigo, dejándola sobre alguno de los estantes repletos de polvo mientras movía su antena para recuperar la señal de la emisora. Era lo más parecido a estar dialogando con alguien.

Los viernes se producía una desbandada general a primera hora de la tarde y me quedaba solo en la última planta de aquella vieja nave. Mi sección colindaba con el taller en el que se producían, embalaban y empaquetaban los productos que serían la ilusión de niños y adultos. Un rumor lejano de la maquinaria se filtraba por la pared que nos separaba. Si salía de la sala, en el resto del ala, destinado a oficinas, despachos de dirección y estudio gráfico, el silencio era absoluto. Si al hecho de ser viernes le sumamos que venía por delante un puente de varios días, allí no quedaba ni el apuntador. Eran las seis de la tarde y aún me quedaban dos horas de trabajo.

A veces, allí confinado, me sentía como Edmond Dantès, antes de convertirse en el vengativo conde de Montecristo. Era toda una alegría cuando alguna salamanquesa se colaba por la buhardilla y se instalaba durante una temporada entre mis paredes. Al pasar las horas, casi me daban ganas de contarle cómo me había ido el día. No obstante, debo reconocer que de tanto en tanto recibía visitas de compañeros de otras secciones que utilizaban la soledad de mi departamento para evadirse un rato. Siempre creí que venían a departir conmigo pero, en el fondo, sospecho que lo que más les atraía del lugar era el amplio ventanal que se asomaba al exterior. Fueran sinceros o no aquellos encuentros, siempre los agradecía.

Aquella tarde, sin embargo, fueron pocos los que pasaron por allí. El tiempo se eternizaba más que nunca mientras fuera la luz languidecía. Escuché ruidos a la espalda de donde estaba sentado. Pasaron unos segundos y vi que una cabeza se asomaba por la puerta corredera que separaba la sala de un pequeño almacén que, a su vez, comunicaba con el estudio de diseño y otros despachos.

-Cierro las luces. Ya no queda nadie ahí dentro – dijo el recién llegado-. Eres el último de Filipinas.

Nunca había oído esa expresión. No sabía lo que significaba, aunque me lo podía llegar a imaginar. Igualmente le sonreí como si hubiese dicho algo de lo más ocurrente. Él pareció darse por satisfecho; los ojos le brillaban detrás de sus gafas de marca. Era el típico individuo trajeado que no sabías muy bien qué hacía dentro de la empresa, aparte de llevarse una buena pasta a final de mes. El típico que si te cruzabas con él por el pasillo pasaba por tu lado sin decir un cortés hola o adiós, dejándote con el saludo en los labios, amén de la cara de tonto. El típico al que fuera de allí, seguramente, sus amigos calificaban de maravillosa persona.

-Buen fin de semana – me limité a decirle.

El encorbatado se fue por donde había venido y yo volví a sumergirme en aquellas cartas procedentes de todos los rincones del mundo: Nueva Zelanda, Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Sudáfrica, Francia, Rusia, Suecia, Australia, Israel. Disfrutaba leyendo las que podía leer. Los consumidores no se limitaban a especificar qué pieza habían perdido sino que se extendían en detalles de sus propias vidas: cómo había llegado el puzle a sus manos, cuánto les había costado realizarlo, cómo se había producido la tragedia y cuánto significaba para ellos finalizarlo. Esporádicamente, tras recibir las piezas en sus casas, había quien mandaba alguna postal típica de su localidad manifestando su gratitud y expresando la alegría que le había producido ese pequeño milagro de reposición. La mayoría de las semanas recibía un promedio de trescientas cartas. ¡Nunca me hubiese imaginado todo lo que llega a perder la gente!

Cuando levanté la vista de la correspondencia descubrí que había anochecido. El cristal de la ventana me devolvió mi propio reflejo. No sé por qué lo hice, pero le dediqué un saludo con un cortés asentimiento de cabeza. Me levanté para estirar un poco las piernas y recorrí el estrecho pasillo de altos estantes que albergaban las ediciones de todos los puzles de los últimos años, saliendo a un pasillo sólo alumbrado por las luces de emergencia. Tras hacer una visita a los lavabos, volví a mi puesto de trabajo, saboreando durante el paseo la calma que reinaba en las amplias salas en penumbras que iba dejando atrás. Acababan de dar las siete y la emisora que estaba escuchando hizo una desconexión comarcal; el programa que comenzaba a partir de ese momento lo emitían desde los estudios de Radio Barcelona.

La sección cultural que con tanta ansia esperaba cada semana siempre se introducía tras los escándalos políticos y las glorias deportivas de rigor. En esta ocasión el monográfico literario estaba dedicado a Jesús Moncada (1941-2005), hijo predilecto de Mequinenza, el pueblo sumergido en las aguas del embalse de Ribarroja en la confluencia del Ebro y el Segre y que él hizo famoso en su obra. Tras una breve referencia bibliográfica (realmente fue un autor poco prolijo pero de una altísima calidad) destacaron su obra maestra, Camino de sirga. Me sentí avergonzado por desconocer tanto al escritor como esa novela en particular (yo que me jacto de ser un hombre de letras). Inmediatamente tuve la necesidad de hacerme con ese libro, cosa que no tardé mucho en conseguir. Al día siguiente compré un ejemplar en la librería más próxima que encontré. No dejaba de resonar en mi mente el nombre de Mequinenza, un nombre tan literario como el de Macondo de Gabriel García Márquez, aunque el de la Franja siempre aseveraba en las entrevistas no estar influenciado por el realismo mágico. Y aunque haya tardado años en emprender su lectura (por motivos que se me haría demasiado extenso contar) nunca ha dejado de llamarme desde el estante en el que descansaba como una especie de tamtan en medio de la selva. Por fin, tras una tupida cortina de enredaderas he descubierto el claro en el que sentarme para leer con calma su historia.