viernes, 6 de marzo de 2009

Sir John Hunt, La ascensión al Everest

El presente libro que, finalmente, hoy me toca comentar (su lectura ha sido lenta pero metódica, volviendo hacia atrás para releer capítulos, pasajes o reflexiones muy interesantes del autor) debería ser uno de los pocos libros de cabecera de todos aquellos que aman el género literario que establece la montaña como epicentro de su narrativa. Y aún más, lo recomiendo a todos aquellos que anhelan leer sobre las limitaciones del hombre y la fuerza de voluntad que puede llegar a superarlas, sobre el esfuerzo y el tesón para no dejarse doblegar por los primeros contratiempos que aparezcan en nuestro horizonte. Cada uno podrá extrapolar tales experiencias en su justa medida a sus vidas cotidianas y sus sueños personales. La ascensión al Everest es uno de esos libros que, además de entusiasmar a todos aquellos expertos en la materia, también posee el encanto de hechizar a los lectores primerizos que se aproximan a este género.

Tras la esperada ascensión al Everest, a sir John Hunt no le quedó más remedio que relatar en un tiempo récord las vivencias que llevaron a aquel grupo de hombres en 1953 a conquistar la cima más alta del mundo. Sir John Hunt (1910-1998), militar de carrera, fue designado por el comité organizador de tal empresa a dirigir la expedición británica que, una vez más, intentaría el asalto a la más apreciada cumbre del Himalaya. A veces el título de sir nos puede dar una falsa imagen de este hombre que a la fecha de los acontecimientos que el libro relata contaba con poco más de cuarenta años. Antes de conocer la verdadera historia me imaginaba a sir John Hunt como un anciano veterano de guerra que, entre cacería y cacería del zorro, decidió destinar un tiempo a planificar la conquista del Everest.

Uno de los aspectos más atrayentes del libro es sin lugar a dudas el modo en que el autor nos va exponiendo con cierta pormenorización los detalles del gran preparativo previo y su posterior puesta en escena. Aunque no seamos unos entendidos en la ascensión a picos de más de 8.000 metros, John Hunt nos adelanta en los primeros capítulos cada uno de los problemas que tal empresa conlleva y el modo en que en su día trataron de sortearlos: desde el desconocimiento de los últimos 300 metros del Everest, pasando por la inclemencias meteorológicas y llegando al condicionante del oxígeno a tal altitud.

Tampoco me gustaría obviar la gratitud que continuamente expresa el autor a todos aquellos que lo precedieron en el intento de escalar la montaña y de quienes obtuvo una información muy valiosa a la hora de prepararse para lanzar el que sería el ataque definitivo. No se olvida de nadie, ni siquiera de aquellas personas que anónimamente desempeñaban un papel meramente administrativo pero del todo necesario a la hora de desplazar a aquellos hombres que constituían el equipo escogido y el cargamento descomunal que arrastraban hasta el lejano Nepal.

Como uno de los últimos colofones del libro, encontramos el capítulo que narra la coronación de la cima escrito por el propio Edmund Hillary. La emoción que nos embarga cuando vamos leyendo párrafo tras párrafo es indescriptible. Se nos acelera el pulso y por momentos olvidamos que nos encontramos en el salón de nuestra casa, sintiendo que acompañamos, paso a paso, con la respiración entrecortada, a Hillary y Tenzing hasta la mismísima cúspide de la Tierra.

Por último, me gustaría señalar que ha sido la primera vez desde que escribo este blog que no he añadido a la foto del libro (todas realizadas por mí, por si no se apreciaba su escasa calidad) la foto de su autor (ninguna realizada por mí, se entiende). En esta ocasión me ha parecido más oportuno, y puesto que no es una obra de ficción, incorporar el retrato de sus verdaderos protagonistas, aquellos que hicieron real que este libro pudiese ver la luz. La importancia de la dirección de sir John Hunt es indiscutible y sin embargo estoy convencido que él mismo se hubiese apartado elegantemente a un lado (esto solo lo pueden hacer los malditos británicos) del escenario de haberse tratado de una función teatral para que aquellos dos que coronaron el Everest la mañana del 29 de mayo de 1953 recibieran el efusivo aplauso del público.