viernes, 3 de septiembre de 2010

Amos Oz, Un descanso verdadero

La obra de Amos Oz hay que leerla en silencio. Casi me atrevería a asegurar que deberíamos sumirnos en un silencio sepulcral (que no reverencial) o en el mismo silencio que rodea los kibbutz que aparecen en las novelas del autor israelí. Sólo de esa manera lograremos percibir la tenacidad con la que nos acerca un mundo que desconocemos. Por lo tanto, el silencio más riguroso debe imperar en la sala donde leemos para que toda la vida de sus páginas llegue hasta nosotros lo más nítidamente posible. Al mismo tiempo, su lectura exige concentración. Estamos ante uno de esos autores con los que no nos podemos permitir despistes, ya que todo aquello que escribe -aunque a simple vista tenga una apariencia cotidiana- toma un cariz trascendental. Su prosa está cargada de poesía y una prosa así hay que degustarla con sosiego y detenimiento.

Amos Oz nació en Jerusalén como Amos Klausner el mismo año que el mundo contemplaba atónito el inicio de la Segunda Gran Guerra. Resalto este dato por el hecho de que Amos Oz es judío y por todo lo que le devendría a su pueblo. En lugar de albergar odio o resentimiento, el escritor siempre ha destacado por su pacifismo y su sinceridad ante cualquier conflicto.

El autor residió durante veinticinco años en un kibbutz. Allí tenía la ocupación de profesor de instituto. Para los que desconozcan el término kibbutz aclararé que se trata de una comuna agrícola en territorio israelí, donde todos sus miembros se rigen por posturas socialistas y en la que impera el trabajo y la igualdad. Precisamente es en un kibbutz donde transcurre la historia de Un descanso verdadero. En medio de este escenario, bajo un tiempo invernal y lluvioso, entramos con sigilo en las vidas de sus dos protagonistas, Yonatán Lifschitz y Azarías Gitlin.

Yonatán Lifschitz es el hijo del secretario del kibbutz, Yolek. Está casado con Rimona y desde un primer momento se aprecia claramente el hastío que Yonatán siente por toda su vida en aquel lugar. Pretende abandonar el kibbutz y a su familia para irse muy lejos de allí y labrarse un futuro más alentador. Una y otra vez, por un motivo u otro, sus planes de fuga siempre acaban postergándose. Mientras tanto, su desaliento incrementa cada día que pasa... “Casi todos todos los días algo se apagaba en su interior y no sabía el porqué, tal vez alguna enfermedad o quizá la falta de sueño, y sus labios a veces le decían: Ya están bien. Basta. Se acabó”, escribe Amos Oz.

En contraposición con Yonatán se encuentra el personaje de Azarías Gitlin, un joven forastero que aparece de noche y que desea ansiosamente integrase en el kibbutz... “Allí dentro resplandecía una vida real y lenta que él no había conocido jamás, y hasta lo más profundo de su alma deseó tocarla y contagiarse, formar parte de ella y no ser nunca más un extraño”, narra el autor. Azarías, un ser ambiguo, complejo, proviene de Tel Aviv tras finalizar el servicio militar hace escasas semanas. El propio Amos Oz hizo algo parecido de joven, abandonó Jersusalén y a su familia para instalarse en el kibbutz Hulda y, al igual que Azarías, se dedicaba a escribir poemas y artículos de opinión en sus ratos de ocio. Los destinos de Yonatán y Azarías, así como el de todos los personajes que los rodean, se entrelazarán para convertirse en el hilo conductor de esta magnífica historia.

El único pero que le pondría a esta novela se encuentra en los diálogos. Están excesivamente meditados y elaborados, por lo que pierden realismo y fluidez. En ocasiones recuerdan más a una obra de Ibsen que al género literario al que pertenece. Pero esto no pretende ser una crítica, puesto que la novela es un cajón de sastre donde todo tiene cabida. Simplemente se trata de una apreciación personal y de gusto. No obstante, el modo de narración que adopta el autor en Un descanso verdadero la hace particularmente original y seductora. A pesar de las notas melancólicas con las que están cargadas muchas de sus páginas, la fuerza de su voz nos mantiene ansiosos por seguir adelante y atravesar ese yermo y esas historias de vidas ahogadas en la más absoluta soledad existencial.

Por último, quisiera expresar una frustración. Me siento frustrado cuando acudo a cualquier librería y no encuentro ningún libro de Amos Oz (uno o dos a lo sumo y con mucha suerte). Bien mirado, todo es bastante sorprendente, y sobre todo si tenemos en cuenta lo colmadas que están las estanterías de tanta basura como actualmente se publica. Hoy cualquier hijo de vecino se cree con el derecho a publicar. Y es una desgracia, sinceramente, porque le quitan un espacio merecido a los escritores que hacen auténtica literatura. Armémonos de paciencia. Tendremos que esperar a que Amos Oz gane por fin el Premio Nobel para que los comerciantes traten de sacar negocio con la publicidad generada y para que muchos lectores se pavoneen de que para ellos siempre ha sido un autor de cabecera.

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