viernes, 24 de octubre de 2008

Dashiell Hammett, La llave de cristal



DE CÓMO DEJAR LA LECTURA DE UN LIBRO SIN REMORDIMIENTOS

A la literatura hay que entrar y tratarla con respeto, no con santidad. Resulta peligroso decantarse por los extremos. El extremismo, en todas sus vertientes, tiende a idiotizar irremediablemente al hombre, a hacer de él un mero fantoche. Quien la trata con desprecio comete una falta grave contra él mismo. Nunca debemos olvidar que somos un reflejo de ella. Si vertimos nuestra insidia sobre ella, nos estaremos menospreciando a nosotros mismos, en definitiva. Pero, por otro lado, quien la santifica está olvidando su principal naturaleza: la literatura se creó para disfrutar de un grato momento de ociosidad, ni más ni menos.


Después de 50 páginas de esta obra maestra (calificada así por muchos entendidos en este género literario) tuve que dejar la lectura. No me estaba integrando en la narración. No me estaba atrapando. No me estaba enterando de nada, seamos claros. No era mi momento. Porque hay un momento mutuo, para la novela y para nosotros. Y cuando ambos confluyen se convierte en una de las experiencias más maravillosas para la persona con inquietudes. Pero cuando no es la hora de ese encuentro, puede transformarse en un sentimiento de remordimiento, de hastío, hasta podemos lanzar acusaciones de las que más adelante con toda seguridad nos arrepentiremos.


Pocas novelas, por ejemplo, he logrado acabarme de Milan Kundera. Me sucedió con La broma. Me faltaban unas 5 páginas para finalizarla y no pude más. Sentía que todo el tiempo que continuara “malgastando” con esa obra serían minutos robados a cualquier otra novela que me esperaba llena de maravillosas promesas en uno de los estantes de mi pequeña biblioteca. La función esencial de una obra de ficción es que cumpla con esas expectativas generadas de antemano. Se elaboran para eso… O deberían elaborarse para ello. Pero si no las cumple, ¿qué nos retiene a sus páginas? ¿Qué obligación impuesta? ¿Algún tipo de condicionamiento moral? Nada debería esclavizarnos. Y una lectura menos. Hay mucho que leer y los años van pasando y los libros que se van depositando en nuestra mesita de noche van alzándose como una infinita biblioteca de Babel.