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viernes, 15 de julio de 2011

Don Winslow, El poder del perro

James Ellroy no se caracteriza precisamente por su modestia. La crítica le califica como el sucesor natural de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, algo que el hombre se lo ha tomado a pies juntillas. Dejando de lado su reconocido egocentrismo literario, de tanto en tanto le lanza algún piropo a alguno de sus colegas de profesión. De la novela El poder del perro comentó: "Es aterradora y triste, de una intensidad magníficamente sostenida. Es una hermosa visión en miniatura del infierno, con toda la locura moral que la acompaña". Y lo dice con conocimiento de causa, ya que el propio Don Winslow asegura que los hechos verídicos ocupan el 90% de su narración. Nos encontramos ante una obra excepcional, de eso no cabe la menor duda.

El impacto es inmediato. Si bien en la mayoría de sus novelas la acción no llega hasta alcanzar la página setenta, una vez estamos familiarizados con su protagonista, aquí tenemos la sensación de que nos arrojan a un caldero con agua hirviendo desde la primera página. Y la sensación de escaldamiento no nos abandonará hasta el final. Se trata, principalmente, de una obra cruda y coral. Cruda por la concatenación de escenas repletas de violencia y episodios desgarradores que no conceden tregua alguna al lector que aún conserve un ápice de sensibilidad. Y coral al tratarse de una historia que incorpora varias voces protagonistas, cada una de ellas marcadas por un destino aciago que tiende a entremezclarse con las demás.

El poder del perro es una tragedia en toda regla. En algún artículo comparaban su fuerza y dramatismo con la obra de Shakespeare. Tienen toda la razón. Pero va más allá, recuerda a ciertas tragedias griegas de Sófocles como, por ejemplo, Antígona o Edipo Rey. La usurpación de la autoridad y el derramamiento de sangre entre distintos clanes familiares están a la orden del día a lo largo de toda la novela. Una serie de cárteres mexicanos se disputan el corredor fronterizo con Estados Unidos. Quien tiene el control de ese paso, tiene el poder y, por ende, una buena cantidad de millones de dólares en sus cuentas bancarias.

Arrancamos en la década de los setenta, con los cultivos de amapola que más tarde proporcionarán la droga que inunda las calles de muchas ciudades norteamericanas. Un miembro de la DEA (organismo yanqui encargado de erradicar esta plaga procedente del sur del continente), Art Keller, lucha contra el narcotráfico. Se vuelca totalmente en la consecución de su meta, sacrificando tanto su vida familiar como, en ocasiones, su ética profesional. Por la causa, serán muchos los que pierdan la vida de la manera más atroz imaginable. Inocentes y verdugos acaban siendo víctimas de la misma barbarie y del mismo sinsentido. Por un momento, se difumina la barrera entre el bien y el mal y nos replanteamos continuamente la famosa afirmación de Maquiavelo "El fin justifica los medios". ¿Realmente podemos aplicar este silogismo sin perder la inocencia, la tranquilidad de nuestra conciencia? Cuando los hombres dan este paso, cuando se antepone el fin a todo lo demás, ya no hay vuelta atrás. Para Art Keller esto sucedió el día que estrechó la mano de los Barrera.

La familia Barrera es lo más parecido a la encarnación del mal sobre la tierra. Miguel Ángel Barrera, apodado el Tío, será el primero que monte la gran red que durante décadas se encargará de traficar con cocaína, creando la denominada Federación. Sus sobrinos, Adán y Raúl, siguen su estela. Durante los años noventa instauran su reino de terror. Adán es la cabeza pensante, Raúl el ejecutor implacable. Ambos se encargarán de ir suprimiendo, metódicamente, a todos los jefazos territoriales que podían hacerles sombra y con sus selectivas "mordidas" meterse en el bolsillo, impúdicamente, a todas las autoridades que pudieran interponerse en su camino. Su lema es sencillo: o estás con nosotros o acabarás lanzado en una cuneta para que te devoren los perros, no hay otra opción, tú eliges. Junto a sus sicarios dejarán un largo reguero de cadáveres por todo México.

Entre el pulso que mantienen durante la novela Art Keller y los Barrera, se desarrollan las historias de Callan y Nora, quienes tendrán un papel fundamental en los decisivos acontecimientos que pondrán punto y final a la obra. Callan, un neoyorkino de origen irlandés, ha crecido en la Cocina del Infierno junto a su amigo O-Bop. Un día, en el pub Liffey, O-Bop se mete en un buen lío con uno de los mafiosos más temidos del barrio. Callan, que no es más que un crío de diecisiete años, viendo peligrar la vida de su amigo, saca una 22 y le descerraja dos tiros en la cabeza al mafioso sin apenas pestañear. Será la primera víctima de una larga lista. Tras ser reclutado por la mafia, acabará desertando y convirtiéndose en un asesino a sueldo. Por su parte, Nora es una belleza californiana que acaba trabajando como prostituta de lujo nada más llegar a la mayoría de edad. No todo el mundo puede permitirse obtener los servicios de Nora. Sólo aquellos que ocupan las más altas esferas del poder tienen acceso a ella. Por ese motivo, a nadie le extrañará que su vida acabe cruzándose con la de uno de los hermanos Barrera... El amor, el dolor, la muerte, la pérdida y la venganza estarán a la orden del día y serán las notas predominantes en la evolución de todos los personajes.

A pesar de su dureza, recomiendo encarecidamente la lectura de El poder del perro. El propio Don Winslow reconocía en varias entrevistas la pesadumbre que se adueñó de él durante su redacción. Incluso afirmaba que esa desesperanza podía apreciarse a medida que avanza el libro. Llegó a pensar que su carrera de escritor estaba acabada cuando le entregó el original a su editor. Por suerte, el desánimo no pudo con él. Con una inconmensurable fuerza de voluntad logró poner el punto y final y ver cómo la novela se convertía poco a poco, por cuenta propia y por su fuerza inherente, en una obra que perdurará en el tiempo entre otros clásicos de la novela negra.

viernes, 17 de junio de 2011

Dennis Lehane, La última causa perdida

John Irving tiene guardado un libro que sólo leerá cuando se le acerque la hora de abandonar este mundo. Será, mirándolo bien, una manera de darse un último gustazo. Y qué mejor para ello que reservar una obra de su admirado Charles Dickens y asegurarse unos instantes de deleite antes de pasar a mejor vida. Irving no llegó a especificar el título en concreto, pero llegado el momento poco importará. El hecho de reencontrarse con uno de sus autores predilectos y leer algo nuevo salido de su fértil imaginación será suficiente. En mi caso, estuve considerando hacer algo parecido. Ahora que acaba de publicarse la última novela de Dennis Lehane protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro, me planteé guardarla para un futuro incierto (y que espero que quede muy lejos). Sin embargo, una vez en mis manos, me lo pensé mejor. No pude resistirme e, inmediatamente, comencé su lectura, a sabiendas de que nadie sabe con certeza qué le deparará el destino.

Moonlight Mile, traducida como La última causa perdida, aparece once años después de la última entrega de la serie. En esta nueva aventura, nos encontramos con Patrick y Angela felizmente casados y con su hija de cuatro años por la que se desviven. ¡Qué peor modo de comenzar una novela negra!, pensaréis con toda la razón del mundo. Pero cometeríamos un grave error (y una falta de respeto hacia el talento más que probado de Lehane) si nos quedáramos con esta idílica postal hogareña y pensáramos que todo va a continuar con esa tonalidad edulcorada durante más de trescientas páginas. No obstante, este apunte familiar es sumamente significativo, puesto que nos advierte que, si bien pueden acontecer nuevos sucesos violentos y escabrosos, aquellos intrépidos detectives que conociéramos una década atrás y a los que poco les importaba jugarse el físico ya no son los mismos. Y es que un hijo cambia a cualquiera. Y si a esto le sumamos la crisis económica (ni los personajes de ficción se libran), ya ni os cuento.

Mientras Angela Gennaro abandonó el oficio para dedicarse a estudiar y sacarse una carrera que diera un giro a su profesión, Patrick Kenzie debe trabajar en una agencia de detectives para sustento de la familia. Ni siquiera le tienen en nómina y los trabajos esporádicos que le proporcionan entran en más de una ocasión en conflicto con su ética personal, tan mermada en esos momentos. En cierto modo parece que su vida y, lo más importante, la de los suyos dependa de aferrarse o no a ese puesto mediocre, gris, ingrato, a veces de lameculos... Pero hay que pagar una casa, la comida, el seguro médico de la niña y Patrick debe tragar lo que nunca había tragado. ¿Hay algo que justifique rebajarse hasta ese punto? Tajantemente no. Aun así, supongo que todos traspasaríamos ciertos límites por nuestros seres más queridos... Y Patrick Kenzie no iba a ser una excepción.

Una buena mañana, de camino a su precario trabajo, Patrick se encuentra con la tía de Amanda McCready, la niña que desapareció doce años atrás y a quien tuvo que encontrar, pagando por ello un precio muy alto. Desde entonces ambos no se habían vuelto a ver y aquel tropiezo parecía indicar que no tenía nada de fortuito. En realidad, ella lo esperaba para ponerle al corriente sobre la nueva desaparición de Amanda. Si en su día fue su propio marido quien secuestró a la niña (episodio narrado en Desapareció una noche) tratando de salvarla de las garras de una madre desastrosa, en la actualidad Amanda había vuelto a desaparecer por causas que se intuían nada halagüeñas. Ella intenta apelar a su conciencia, recordándole que fue culpa suya que Amanda regresara junto a su madre, condenándola irremediablemente a un destino funesto. Patrick Kenzie lo acabará tomando como una oportunidad para saldar viejas cuentas pendientes y de esa manera apaciguar unos remordimientos que tal vez nunca se desvanezcan del todo. Ahora él es padre y puede entender la responsabilidad que se adquiere al tener a su cargo una vida tan inocente y al mismo tiempo tan desamparada.

Y, como no podía ser de otro modo, una vez más toda la historia se desarrolla en Boston. Patrick Kenzie y Angela Gennaro vuelven a unir sus fuerzas para tratar de localizar a Amanda McCready. Ambos iniciarán una investigación en la que se arrastrarán de un escenario a otro como héroes cansados, hastiados de toda la escoria que sigue habiendo ahí fuera, que no mengua, sino que incrementa alarmantemente. Nada más comenzar a entrevistarse con los conocidos de Amanda, Patrick y Angela vuelven a impregnarse de nuevo de toda la basura pestilente que se oculta bajo la alfombra del mundo. De ese modo, se darán cuenta de que ya no están hechos para involucrarse en casos que los sumerjan en esos barrios tan inhóspitos en los que la pobreza y la violencia son la cara visible de una sociedad que ha llegado a un callejón sin salida. Al final del día, lo único que desean es regresar a su hogar, dulce hogar, y contarle un cuento a su pequeña mientras la arropan con todo el esmero y con toda la dulzura de la que son capaces.

Si bien unas líneas más arriba hablaba de héroes cansados, también debería hablar de narración agotada. Ya en las primeras páginas percibimos que La última causa perdida queda muy lejos de la calidad y la fuerza de su magnífica antecesora, Plegarias en la noche, o de los brillantes diálogos de la novela con la que hacía su debut literario, Un trago antes de la guerra. No sabría explicar muy bien el motivo, pero uno se da cuenta de su carencia de brío, de chispa, de mala leche incluso, de aquella ironía inusual por la que muchos incondicionales de Lehane quedamos prendados de sus carismáticos personajes. A pesar de ello, de este comentario crítico que tanto me ha costado manifestar, considero que se trata de una novela que hay que leer. Su modestia dentro de la producción del autor norteamericano no constituye un impedimento para que podamos pasar de nuevo unas horas recorriendo las calles bostonianas mientras unos mafiosos de la Europa del Este nos pisan los talones.

Al finalizar la lectura, me quedo con la sensación de que esta será la última vez que podré inmiscuirme en la vida privada de Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Ojalá me equivoque, pero el acto simbólico que realiza el propio Patrick hacia el final de la obra y las palabras de sus últimas páginas hacen augurar que Dennis Lehane da su serie por acabada. Esperemos que el autor lo reconsidere en el futuro (siempre que no sea a costa de la calidad literaria). Porque lo cierto es que me gustaría tener un Lehane inédito en mi biblioteca, al igual que John Irving tiene un Dickens inédito en la suya, a la espera de tiempos venideros.

viernes, 4 de febrero de 2011

Dennis Lehane, Lo que es sagrado

¿Qué mayor alegría hay que descubrir un día entre las novedades literarias un título ansiosamente esperado? ¿No es una sorpresa capaz de enderezarnos el día si nos hemos levantado con el pie izquierdo? Pocos placeres nos quedan hoy entre tanto estrés social y existencial. Éste es uno de ellos, por descontado. Lo que es sagrado (Sacred, en inglés) es la nueva entrega protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Aunque se trata del tercer libro de la serie, ha sido el último en ser publicado. Tal vez sea el más flojo, pero no importa, se disfruta igual. La calidad de Dennis Lehane es tan alta que aunque baje el listón tenemos la garantía de pasar unos momentos inolvidables con su lectura.

Si a su incuestionable calidad literaria le sumamos su carácter afable, es normal que a este autor lo tenga en muy alta estima, por lo que cada nuevo libro suyo siempre se convierte en un verdadero acontecimiento para mí. Hace unos años Dennis Lehane visitó Barcelona para presentar la que por entonces era su última obra, Shutter Island. Tuve el honor de que me firmara un ejemplar en esa maravillosa librería anclada en medio de la Barceloneta, en el número 5 de la calle de la sal, todo un lujo para los que somos aficionados a la novela negra, puesto que es la única especializada en este género. En Negra y criminal (ése es su nombre, por si todavía queda alguien que no haya oído hablar de ella) se pueden hallar, aparte de la obra completa de Dennis Lehane, auténticas joyas prácticamente desconocidas para el público español. Además, si nos acercamos un sábado por la mañana, amablemente se nos invita a unirnos a su tradicional aperitivo de mejillones regados con vino. ¡Hay algo más auténtico y anacrónico en esta sociedad donde toman la batuta del mundo editorial y los hábitos de lectura las grandes superficies! Tras este paréntesis, volvamos a la obra que nos ocupa.

Como la mayoría de las novelas de la serie, Lo que es sagrado toma como arranque argumental la desaparición de una persona. Patrick Kenzie y Angela Gennaro son contratados por Trevor Stone, un multimillonario al que un cáncer le augura pocos meses de vida. Antes de morir trata desesperadamente de encontrar a su hija Desiree, desaparecida semanas atrás. Les cuenta que en aquella época se encontraba muy afectada por la traumática muerte de su madre y por el repentino fallecimiento de su novio. Sin embargo, Desirée no ha sido la única en desaparecer. También lo ha hecho Jay Becker cuando por fin había dado con ella, el mismo detective que se lo enseñó todo a Patrick. Al retomar el caso donde los informes de Becker lo dejaron, Patrick y Angela se topan con una secta religiosa ligada a una organización de dudosa naturaleza llamada Alivio de la Pena S.A. Tras obtener información mediante métodos no muy ortodoxos, descubren el cabo del hilo del cual pueden tirar para desenmarañar el ovillo. Del frío Boston viajarán a la cálida Florida, un espejismo de aparente perfección, siguiendo la pista de uno de los líderes de Alivio de la Pena. Jeff Price se ha fugado en compañía de Desirée con un par de millones de dólares sacados del tinglado que tienen montado en Boston. Al llegar a Florida todo el asunto tomará un cariz distinto y sorprendente. Nada resultará como Patrick y Angela se esperan y nadie parecerá ser quien dice ser.

Ya desde su primera obra, Un trago antes de la guerra (citada en este blog), este autor norteamericano se nos presentó como un maestro en el arte del diálogo. En esta novela no hace más que afianzarse y perfeccionar aún más este elemento literario tan menospreciado en ocasiones. Dennis Lehane borda sus diálogos y los carga con una ironía que lo hace único, sirviéndole para compensar la carga tremendista de muchas de las escenas en las que nos aboca. El empleo de este recurso es un acierto que ya empleó en su día uno de los padres de la novela negra contemporánea, Raymond Chandler. Ambos hacen que su protagonista combata la injusticia social ayudándose de buenas dosis de humor, aunque a veces resulte un humor un tanto agrio, cargado de desesperanza. Como buen sucesor en este linaje de escritores, Dennis Lehane (como muchos otros) hace suyo el legado y lo perfecciona bajo su prisma particular.

A finales del año pasado, Dennis Lehane publicó la última novela de la serie (la sexta), Moonlight Mile. Sin embargo, me temo que aquí tardaremos un tiempo considerable en poder disfrutar de su traducción. Pero al mal tiempo buena cara, como suelen decir, porque seguramente cuando menos lo esperemos, cuando caminemos cabizbajos tras un día nefasto, entraremos en una librería para sacudirnos el tedio antes de regresar a casa y volveremos a descubrir sobre la mesa de novedades la nueva obra de Dennis Lehane. Nuestro rostro sonreirá y un regocijo recorrerá todo nuestro interior, a sabiendas de las maravillosas horas que tenemos por delante, en esa evasión y en esa furia que compartiremos con Patrick y Angela, una vez más.

viernes, 22 de octubre de 2010

Don Winslow, El invierno de Frankie Machine

A Frank Machianno le gusta la puntualidad. Se levanta cada día a las cuatro menos cuarto de la mañana cansado de ser él mismo. Se da una ducha de un minuto. Se hace un café que deja reposar exactamente cuatro minutos. Se prepara un bagel de cebolla con un huevo frito que envuelve cuidadosamente en una servilleta de hilo. Se mete en su furgoneta Toyota y se dirige al muelle de Ocean Beach.

A Frank Machianno le parece que tiene mucha suerte de tener una hija maravillosa, Jill, que está a punto de entrar a estudiar en la Facultad de Medicina (aunque eso signifique que Frankie deba romperse un poco más el espinazo para costearle las clases), una pareja para quitarse el sombrero, Donna, que trabajó durante unos años en Las Vegas y que ahora regenta una boutique con una buena y distinguida clientela, y una ex mujer que aún le sigue necesitando y queriendo a su manera. Frankie puede sentirse afortunado por llegar a esas alturas de la vida rodeado de esas tres preciosidades a las que tanto ama, por quienes merece la pena seguir luchando en este mundo tan hostil y falto de valores.

A Frank Machianno se le podía ver surfeando durante “la hora de los caballeros” en las magníficas playas de la costa de San Diego. Siempre acude a su cita, día tras día, acompañado de su amigo y camarada Dave Hansen, agente del FBI a punto de retirarse. Para él subirse a una ola y cabalgarla es mejor que hacer el amor, o al menos eso cree. Pero un día deja de acudir a su cita y Hansen se pregunta si la desaparición de Frankie tendrá algo que ver con los dos cadáveres que han aparecido en la playa acribillados a balazos. Uno era un destacado mafioso de Detroit, el otro un testigo protegido que estaba metido en un asunto bastante serio y turbio. Lo que Dave Hansen no sabía es que ambos habían tratado de tenderle una trampa mortal a Frankie. Pero Frankie es Frankie y con eso quiero decir que poca explicación más debe darse a lo que sucedió.

A Frank Machianno no se le toma el pelo sin salir escaldado o con los pies por delante. Por algo le apodan “la máquina” y de ahí que, quienes le conocen, se dirijan a él por el nombre de Frankie Machine. Este sesentón pluriempleado (regenta una tienda de carnada en Ocean Beach, trapichea con un negocio de lavandería y lleva un servicio de pescado dirigido a hoteles y restaurantes) ha abandonado definitivamente los asuntos mafiosos que años atrás lo convirtieran en una celebridad. Pero ahora, de repente, cuando su vida parece tranquila, alguien se ha empeñado en quitarlo de en medio. Frankie desconoce los motivos. Mientras huye de los sicarios que van llegando y que van cayendo como moscas en sus manos, hace un repaso de su agitada vida pasada para ver quién diantres lo quiere en el hoyo.

A Frank Machianno le mosquea la injusticia. Al conocer su historial vemos a un tipo que, aunque de gatillo letal (que no fácil), es todo un caballero a la hora de mandar al otro barrio a un objetivo anónimo, pero una bestia sin remordimientos ante quien se lo merece (y con ello me refiero a aquellas personas que han hecho mucho daño a su alrededor). A su manera, por descontado, tiene conciencia y principios, por lo que nunca vacía el cargador a la ligera. A medida que se hace mayor se vuelve más selectivo a la hora de aceptar “trabajos”, algo que finalmente descartará por completo, tratando de redimirse y llevar una vida decente. Y casi lo consigue. Prácticamente logra convertirse en alguien a quien los suyos consideran un buen padre de familia, una buena pareja y un buen ex. Lástima de aquella emboscada en la que quisieron coserlo a balazos. De aquello sólo podía resurgir un Frankie cabreado, es decir, aquella situación despertó a la machine aletargada.

A Frank Machianno lo inventó Don Winslow, un escritor norteamericano que tuvo un éxito inesperado con su anterior novela, El poder del perro (una novela tremendísima). Don Winslow nació una noche de Halloween en Nueva York (1953). Trabajó durante un tiempo como detective privado y como guía turístico en safaris africanos. Un día leyó en alguna parte que Joseph Wambaugh, un ex policía reconvertido en escritor, escribía diez páginas cada día y con eso le bastaba. Winslow no se propuso tanto. Hizo la mitad y al cabo de tres años tenía su primera novela. Desde entonces trabaja cada día de 5:30 a 10 de la mañana y, casi siempre, alterna simultáneamente dos novelas. A todas sus obras les imprime un ritmo trepidante, una acción que no deja ni un momento de respiro al lector. Iniciar la lectura de un libro de Don Winslow es lo más parecido a subirse a una montaña rusa que parece no acabarse nunca.

A Frank Machianno hay que conocerlo a través de las cuatrocientas páginas de esta novela. Sólo puedo decir eso. Llegaréis a cogerle cariño y a considerarlo como un viejo amigo. A fin de cuentas, a pesar de su crudo historial, se trata de un tipo que siempre ha deseado que le dejen en paz y ser feliz con los suyos. Nada más. El problema es que, cuando la vida se las da cruzadas, no se arruga. A su lado los mafiosos de Coppola o Scorsese os parecerán hermanitas de la caridad. Palabra de honor.

viernes, 15 de octubre de 2010

Manuel Vázquez Montalbán, Los pájaros de Bangkok

Hace siete años que nos dejó Manuel Vázquez Montalbán y ya va siendo hora que hable de él. Pensándolo bien, tal vez me he demorado más de la cuenta y no sabría explicar el motivo, puesto que a mi alrededor siempre revolotea algún libro de la serie Carvalho. Además, si sumamos que mi pasión por la gastronomía y la novela negra se la debo al autor barcelonés y a su protagonista afincado en Vallvidrera y con despacho en las Ramblas, me sorprende que ambos no hayan aparecido en las primeras entradas de este blog. Pero como todo en la vida, en ocasiones a todo aquello que más amamos no le damos prioridad y lo relegamos incomprensiblemente a un tiempo que aún está por venir. Es la insegura seguridad de que pase lo que pase siempre estará ahí y de que podremos contar con ello cuando lo necesitemos. Gran error.

Muchas veces he necesitado recurrir a Manolo, sobre todo cuando la sordidez de la vida social y política de este país se hace inaguantable. Abrir uno de sus libros, releer cualquiera de sus artículos, sumergirnos en sus diatribas culinarias o en cualquier medio en el que oigamos de nuevo su voz siempre es una bocanada de aire fresco. Al leerlo es como si tomáramos con fuerza una pértiga y sorteáramos de un impulso la estupidez que impera en este sobrevalorado siglo XXI. Manuel Vázquez Montalbán ha sido un auténtico hombre del Renacimiento dentro de la Literatura. Sabía de todo (o casi de todo, si descartamos la física cuántica y cosas así) y mejor que nadie. Cualquier tema que se le pusiera por delante sabía analizarlo con una maestría inigualable. Me imagino que deben de sentirse muy afortunados todos aquellos que lo conocieron y trataron con asiduidad.

Por mal que me sepa y contradiciendo a Juan Marsé, a Manuel Vázquez Montalbán lo recuerdo por toda su prolífica carrera de escritor, pero especialmente por la serie protagonizada por Pepe Carvalho. Marsé escribía unas líneas recordando a su gran amigo y compañero de fatigas y finalizaba deseando que no se le recordara por el mítico detective sino, por ejemplo, por su admirable obra poética. Quizá yo sea una persona más banal, de no tan altos vuelos, más insensible en definitiva, pero reconozco que en Carvalho está metido todo el universo de Montalbán, todas sus filias y sus fobias, su aprendizaje y su madurez, sus recuerdos y su temor al olvido... O al menos así lo intuyo yo.

Aunque ya llevaba tres novelas de la serie a sus espaldas (Yo maté a Kennedy, Tatuaje y La soledad del mánager), no será hasta su cuarta entrega, Los mares del sur (1979), cuando gane el Premio Planeta y, a través de los vericuetos del azar, se dé a conocer en el extranjero, sucediéndose una traducción tras otra. El propio autor explica que nadie lo conocía fuera de nuestras fronteras hasta que un buen día el crítico francés Michel Lebrun compró la novela en uno de esos montones de libros de saldo que hay en las estaciones de tren para sobrellevar mejor los largos trayectos. Le gustó tanto que, por cuenta propia, la presentó al Prix International de Littérature Policière en 1981. Por descontado, se hizo con él. Todo le venía caído del cielo a un ateo declarado como Manuel Vázquez Montalbán.

Sin lugar a dudas, Los pájaros de Bangkok (1983) es la mejor novela de la serie Carvalho. Por ese motivo, sorprende lo que el destino le deparó al propio autor. El día que escuché la noticia por la radio me llevé las manos a la cabeza y pensé: “Esto no lo supera ni el mejor guionista de la Fox”. Manuel Vázquez Montalbán falleció de un paro cardiaco mientras hacía escala en el aeropuerto internacional de Bangkok, de regreso a España desde las Antípodas, donde había realizado una exitosa serie de conferencias. Dejaba listos para imprenta dos volúmenes en los que aparecía de nuevo Pepe Carvalho y que serían (al menos eso dan a entender) los últimos de la serie. Un final redondo, perfecto para ambos. Tal vez demasiado.

Estructuralmente hablando, Los pájaros de Bangkok es la novela más compleja del canon carvalhiano. Tres historias se entrecruzan en su trama, proporcionando un fresco de situaciones y personajes que, a medida que avanzamos en la lectura, van componiendo un todo donde cada una de las piezas encaja perfectamente. Las dos primeras historias con las que se encuentra el lector transcurren en Barcelona. Una trata sobre la investigación que el detective realiza sobre la estafa que se le está haciendo a un empresario. La otra es el caso del asesinato de una joven; aquí Carvalho actúa por cuenta propia, para sobrellevar mejor la falta de trabajo y el ambiente opresivo en el que parece hallarse.

La tercera historia en arrancar es la que le llevará a Tailandia. Teresa Marsé, amiga de Pepe Carvalho, ha desaparecido en el otro extremo del mundo, así se lo hace saber el hijo de ésta. Al principio todo son reticencias y negaciones por parte del detective a la hora de aceptar el caso. Hay más implicaciones que las puramente profesionales. El recelo que le produce el asunto le hace desistir una y otra vez a involucrase. Sin embargo, movido por el deseo de escapar de la monotonía y la melancolía que amenazan con ahogarlo, decide finalmente, y por segunda vez en su vida, visitar el país asiático.

Como en las grandes novelas, el círculo se cerrará al final. Todo cobrará sentido una vez alcancemos las últimas páginas. Para ello, será necesario que Carvalho vuelva a Barcelona, a la ciudad de la que huyó (porque lo suyo realmente fue una huida en toda regla). Regresa, no obstante, con algunas respuestas, para algunos tal vez a preguntas triviales, para él fundamentales. Una de ellas, planteada antes de su partida y que no dejaba de rondarle por la cabeza, era sobre el nombre que tenían aquellos pájaros apostados a millares en las calles de Bangkok. Una vez en su despacho con vistas a las Ramblas y con su anhelada respuesta comprenderá lo inútil que es tratar de huir de uno mismo, porque además de resultar imposible es una considerable pérdida de tiempo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Dennis Lehane, Un trago antes de la guerra

Salvando con respeto las apariencias, a veces nuestras vidas se asemejan a la de Job. Una tras otra las desdichas se van cerniendo sobre nosotros. Cualquiera diría que, al igual que ocurrió con aquel buen hombre bíblico, Dios y el Diablo han vuelto a apostarse entre ellos cuál es el límite de nuestro aguante antes de desfallecer entre improperios hacia el Altísimo. Job fue fiel hasta el final y por ello benévolamente recompensado. Yo no poseo ni su tesón ni su aguante, por desgracia (aunque lo intento), y para sobrellevar los malos momentos debo recurrir a la sedación que proporciona la ficción de calidad. Por fortuna, desde hace un año RBA se ha decidido a publicar los primeros títulos de la magnífica serie de Dennis Lehane protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro.

Todos los que habíamos leído hace ya unos años Desapareció una noche y Plegarias en la noche estábamos esperando estas entregas anteriores con una ansiedad que rozaba la desesperación, sobre todo por la incomprensión de que no salieran al mercado unas obras avaladas por la crítica americana en este género (por descontado, la mejor y más cualificada del mundo, aunque me pese reconocerlo). Independientemente de las opiniones aparecidas en The New York Times, USA Today o Esquire, comprar cualquier libro de Dennis Lehane siempre garantiza acertar con la elección y pasar horas placenteras con su lectura.

Un trago antes de la guerra es la irrupción en el panorama literario de Dennis Lehane. ¡Menuda entrada! Cualquiera que se digne y tenga la suerte de leer esta novela creería que su autor lleva una larga carrera en el oficio y nunca se plantearía que se trata de un debutante. Sus páginas denotan un estilo muy marcado que se verá afianzado en sus siguientes obras, a cuál mejor. Sin embargo, en su primera novela ya se aprecia una seguridad no muy usual en escritores primerizos. No extraña, entonces, que le concedieran el Shamus Award, uno de los premios más prestigios que puede conseguir un escritor novel del género negro.

Los episodios que se narran en Un trago antes de la guerra y la ironía que rebosan sus extraordinarios diálogos parecen salidos de alguien más curtido en la vida (contaba 29 años en la fecha de su publicación). Sin embargo, no debemos olvidar que Dennis Lehane, antes de poder vivir plenamente de la literatura, pasó por diversos oficios, entre otros como empleado en un centro de ayuda a niños que habían sufrido abusos. Esta etapa nunca la olvidará, refiriéndose a ella en muchas entrevistas y dejando claro lo mucho que le marcó. Cuando le escuchamos hablar de ese pasado en el que tuvo que enfrentarse a vivencias tan traumáticas, uno entiende por qué en gran parte de sus novelas son los niños las víctimas de la sociedad corrupta.

Dennis Lehane nació en 1965 (en la solapa del libro y en la wikipedia española consta el año 1966, dato erróneo) en Boston y se crió en el barrio de Dorchester. Precisamente éste es el escenario de la mayoría de sus novelas. Toda la serie de Kenzie y Gennaro transcurre entre sus calles y sus gentes de clase obrera. El Dorchester de Lehane es un crisol de culturas y de familias en su mayoría inmigrantes. Negros, irlandeses, italianos, todos tienen cabida en unos barrios delimitados por una línea imaginaria que el forastero incauto no siempre es capaz de ver con claridad. De origen irlandés como su propio protagonista, Dennis Lehane siempre advierte en una nota inicial que la ciudad de Boston la toma prestada para tergiversarla a su antojo, tomándose las licencias necesarias que le imponga su historia. A nosotros, la verdad, poco nos importa que tal calle sea exactamente como la retrata o que tal bar se encuentre en el lugar preciso que menciona o que simplemente llegue a existir en la realidad. Tanto nos da, y sobre todo cuando la narración nos ofrece un mundo de ficción sin fisuras.

La trama de Un trago antes de la guerra es sencilla, no hay grandes secretos guardados para un final sorprendente ni giros inesperados en la historia (sus próximas novelas ganarán en complejidad). A pesar de esa aparente simplicidad, el hilo argumental resulta sólido y suficiente para mantener en vilo a los lectores. Patrick Kenzie y Angela Gennaro reciben el encargo por parte de unos políticos para encontrar a Jenna Angeline, la persona encargada de la limpieza del despacho de uno de ellos. Al parecer la tal Jenna desapareció el mismo día que un documentos bastante comprometedores. Si a eso le sumamos que es negra, las sospechas hacia ella se incrementan el doble. Los dos detectives aceptan el caso sin saber dónde se están metiendo. A medida que comiencen a investigar comprobarán que Jenna Angeline sólo es la punta del iceberg y que lo que hay debajo es una más de las muchas demostraciones que nos muestran hasta dónde el hombre es capaz de llegar. Una tras otra se irán sucediendo escenas de corrupción, violencia, racismo y miseria que en ningún caso nos dejará indiferentes; todas ellas, eso sí, magistralmente narradas.

Para todos aquellos que no hayan leído todavía ninguna novela de Dennis Lehane, les adelantaré que el despacho de Patrick Kenzie y Angela Gennaro se encuentra ubicado en lo alto del campanario de la iglesia de San Bartolomé. Hasta ahora me había preguntado por qué diantres alguien tiene su maldito lugar de trabajo en un sitio tan surrealista como ese. Afortunadamente, y salvaguardando mi cordura, la respuesta se da en los primeros capítulos de esta entrega. Esto es lo malo que tiene no respetar el orden de publicación de una serie.

viernes, 20 de agosto de 2010

Agatha Christie, Cinco cerditos

O CÓMO SOBRELLEVAR EL SOPOR DE UNA TARDE DE VERANO

No sé el motivo exacto, pero a Agatha Christie siempre suelo leerla en verano. Alguna razón debe haber, digo yo, porque año tras año siempre acabo devorando una de sus novelas. Tal vez sea debido al calor, que no mengua hasta altas horas de la madrugada (si es que mengua) y me mantiene más despierto de lo habitual. Entonces necesito un sedante, una lectura amena y al mismo tiempo monótona. Acudo a mi pequeña biblioteca, escudriño los lomos de los libros y elijo al azar alguna edición de bolsillo, por lo general alguna novela negra. Por supuesto, la escritora inglesa acaba siendo una de mis principales opciones. Sin embargo, lo que comienza como una elección hasta cierto modo pasajera, acaba siendo una lectura que no dejo hasta finalizarla y dar con el asesino.

Esta dama -apodada como la Reina del Crimen- vivió más de ochenta años (1890-1976), dejando publicadas más de ochenta novelas. Toda una hazaña. Pero sin lugar a dudas su mayor logro fue atrapar con sus tramas a millones y millones de lectores de todo el mundo. Sin ir más lejos es la escritora más leída de todos los tiempos (en español, no obstante, esa distinción la tiene Corín Tellado, a la estela de Cervantes, que hace poco más de un año falleció sin que se hiciera el eco mediático que su figura hubiera merecido, independientemente de la calidad literaria de su obra). La finalidad de las dos escritoras era entretener al público. Si lo consiguieron (y las ventas multimillonarias así parecen confirmarlo), cumplieron con éxito su objetivo.

En la obra de Agatha Christie encontramos un poco de todo, desde novelas elaboradas a vuela pluma hasta otras más intrincadas y originales en su concepción y planteamiento. No debemos olvidar que dos de las mejores novelas en este género tan subestimado han salido de su prolija producción: El asesinato de Roger Ackroyd (1926) y Diez negritos (1939). De tanto en tanto, la autora nos regalaba joyas como éstas. La primera que he mencionado, al igual que la novela que nos ocupa, Cinco cerditos (1942), tiene como protagonista al detective belga Hércules Poirot. Con Monsieur Poirot, la escritora toma el relevo de Arthur Conan Doyle y de su personaje Sherlock Holmes: detective privado que en ocasiones ayuda a Scotland Yard a resolver crímenes y que, con ningún rubor ni modestia alguna, se considera el mejor en su oficio. Hay que decir, sin embargo, que ambos pueden tener esas ínfulas, ya que ningún malhechor se escapa de sus dotes de deducción y sus células grises.

Como suele ocurrir en la mayoría de sus novelas, la autora realiza una primera aproximación al entorno en el que sucedió el robo, la desaparición o el crimen. Seguidamente, quien dirige la investigación conversa con cada uno de los personajes que tuvieron la oportunidad de cometer el delito. Por último, se realiza la resolución del suceso en petit comité, delante de los involucrados. Todos se quedan boquiabiertos cuando se descubre al culpable y se desgrana paso a paso su modus operandi. En el caso de esta novela en concreto y como así nos lo adelanta el propio título de la obra, los sospechosos son cinco personajes. Hércules Poirot recibe el encargo de una señorita que, siendo niña, perdió a su padre –un pintor de renombre - asesinado por envenenamiento; al mismo tiempo, su madre fue la única sospechosa en el escabroso asunto (muchas pruebas así la señalaban) y sentenciada a cadena perpetua por el mismo. Transcurrido un año del juicio, fallece en la cárcel. Sin embargo, dejó una carta para ser entregada a su hija cuando ésta cumpliera la mayoría de edad. En ella le revela su inocencia. Por ese motivo, la joven dama se dirige a Poirot rogándole que se encargue del caso para redimir la honorabilidad de su madre y demostrar a su prometido que ella no proviene de un linaje de asesinos. Aunque han transcurrido dieciséis años desde aquel entonces, el detective acepta el reto de enfrentarse a testimonios que no siempre recordarán exactamente qué sucedió o que tal vez tergiversen la ya de por sí lejana verdad.

Agatha Christie nos dejó una frase que define simple pero lúcidamente lo que cualquier escritor no debería olvidar jamás: “La mejor receta para la novela policiaca: el detective no debe saber nunca más que el lector”. Tal vez ahí radica su éxito entre los lectores que permanecemos atrapados página tras página con cualquiera de sus obras. Nada se nos oculta, todo permanece siempre ante nuestros ojos. El detective descubre los acontecimientos al mismo tiempo que nosotros. El hecho de que no nos encontramos ante ningún listillo de turno que intenta hacernos un mal truco de magia nos proporciona el convencimiento que podemos llegar a las mismas conclusiones que el protagonista si esforzamos un poco nuestra mente y tratamos de sacar sólidas conclusiones… Cosa que raramente sucede, dicho sea de paso, teniendo que esperar ansiosamente a que Monsieur Poirot o Miss Marple acudan en nuestro auxilio y desenreden los hilos del ovillo que tendió esta extraordinaria maestra del género negro.

viernes, 6 de agosto de 2010

Domingo Villar, La playa de los ahogados

Galicia nos ofrece desde tiempos inmemoriales regalos de su tierra como, por ejemplo, sus productos del mar y de sus rías, sus parajes repletos de fuerza y belleza, su vino blanco que poco o nada tiene que envidiar a un buen burdeos y, desde hace algunos años, la obra literaria de un vigués especializado en el género negro. Con dos novelas en su haber, ambas protagonizadas por el inspector Leo Caldas, Domingo Villar irrumpió en el año 2006 con Ojos de agua. Ahora publica La playa de los ahogados, novela que supera con creces el pulso literario (aunque parezca mentira) de su ópera prima.

Domingo Villar vive en la actualidad en Madrid, hasta hace relativamente poco dedicado al trabajo de guionista para el cine y la televisión (a día de hoy, debido al gran éxito de sus dos novelas, puede centrarse exclusivamente en su tarea literaria). Además, como su propio personaje Leo Caldas, participa como colaborador en un programa de radio hablando de vino y gastronomía (aunque el inspector lo hace para recibir las quejas de los ciudadanos de a pie). Aparte de su origen gallego y de que su familia se dedica a la viticultura allá en la tierra de las meigas, poco más les une.

Vigo es la ciudad que hace de puente entre el autor y su obra. Si bien el escritor ya no se encuentra in situ en el escenario de la acción, tal vez por eso mismo sus descripciones de calles, panorámicas y locales donde ir a tomar un vino o unos percebes entre investigación e investigación, toma un cariz de esencia, de evocación y de memoria. De ese modo, al lector le llegan nítidamente todos los detalles que por regla general las personas obviamos cuando lo que nos envuelve es algo cotidiano y sobradamente conocido. La evocación del autor gallego se convierte en una realidad suficientemente sólida en nuestra imaginación para que creamos pasear junto al inspector Leo Caldas y a su ayudante Rafael Estévez (un maño como un armario y con muy mala leche que no entiende el modo de ser gallego, sobre todo eso de contestar a una pregunta con otra pregunta o la superstición que les hace escupir al suelo tras tocar algo de hierro y que normalmente acaba mancillando sus lustrosos zapatos).

Inevitablemente, la narrativa de Domingo Villar recuerda lo mejor de la obra del ya consagrado escritor sueco Henning Mankell. Sus personajes protagonistas (Leo Caldas y Kurt Wallander), además de ser inspectores, están recientemente separados, beben un poco más de la cuenta, tienen un padre que vive solo y que no recibe toda la atención que se esperaría de su hijo, y, ante todo, no son hombres de acción. Por otra parte, a ambos se les percibe un cansancio vital que aparece al abandonar por unos momentos la investigación. Además, su vida se centra casi de forma exclusiva en su trabajo, tal vez para de ese modo alejar a los fantasmas que se ciernen sobre su vida privada. No obstante, existe un punto diferencial muy importante entre una obra y otra: la del escritor gallego está salpicada de tanto en tanto de tics de humor, por lo que le resta transcendencia y seriedad excesiva a su trama argumental y a la psicología de sus personajes.

De la historia en sí de su segunda obra poco comentaré, ya que no hay nada más odioso que te den demasiados detalles tratándose de una novela policiaca. La trama se desarrolla entre Vigo y Panxón, un pueblo costero que durante los meses de otoño e invierno permanece prácticamente desierto. Allí sólo quedan unos pocos vecinos, algunos de ellos pescadores. Uno de ellos, Justo Castelo, aparece una mañana ahogado en la playa. Nada de esto hubiese sido extraordinario si no fuera porque llevaba las manos atadas. Lo que en un primer momento todo parece vaticinar que se trata de un suicidio (los del lugar lo describían como alguien callado, serio y taciturno y que llevaba mil demonios en su interior) poco a poco se va descifrando como un asunto más turbio de lo previsto y que proviene de viejas heridas que nunca cicatrizaron. A partir de este punto Leo Caldas y Rafael Estévez irán tirando del hilo del ovillo, que nunca será del todo fácil por la ambigüedad y, en muchos casos, temor de aquella gente de mar.

Sólo remarcaré, para finalizar, que os recomiendo encarecidamente esta lectura porque no saldréis decepcionados. Literatura de esta calidad poca se encuentra. ¡Larga vida a esta serie! Aprovechadla.

viernes, 30 de julio de 2010

Ramiro Pinilla, Sólo un muerto más

A sus 86 años, Ramiro Pinilla, escritor vasco conocido sobre todo por su monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas, publica una novela negra: Sólo un muerto más. No se trata de la típica obra de género, sino más bien de una especie de vodevil que bebe de los clásicos -como en su época lo hiciera (salvando las distancias) El Quijote con el género caballeresco- para dar una vuelta de tuerca y ofrecernos una obra muy particular. Su protagonista tiene, al igual que el ilustre hidalgo, ese punto de iluminación y locura que lo lleva a adentrarse en aventuras de las que no siempre saldrá ileso.

Más que nada en el mundo, Sancho Bordaberri deseaba ser escritor, anhelaba convertirse en un autor de la talla de Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Su oficio, sin embargo, era el de librero. Empecinado en lograr sus sueños literarios, había escrito más de una docena de novelas policiacas. Las editoriales, a su vez, acababan devolviéndoselas con el mismo empeño que él había puesto en ellas. Tras la enésima devolución, Sancho se jura no volver a intentarlo y abandona la idea de escribir una novela al modo de sus ídolos americanos. Ata el manuscrito a una roca y lo lanza al mar. Sólo la noche y la playa de Getxo fueron testigos de su acto y de su decisión.

En esa misma playa, una noche del año 35, no muy lejos de donde se encontraba, se había cometido un asesinato. Un asunto turbio que nunca llegó a esclarecerse. Aunque pareciera el preámbulo de todos los crímenes que la inminente Guerra Civil dejaría por toda aquella geografía, aquel había sido cometido a sangre fría y con escarnio. La llegada de los nacionales lo único que hizo fue ocultar la identidad del asesino. Habían pasado diez años y nadie parecía o quería acordarse de quién planeó aquel ajuste de cuentas. Alguien se propuso asesinar a los gemelos Altube pero sólo logró su objetivo a medias. Los dejó sin sentido sirviéndose de la oscuridad, los encadenó a una peña donde se amarraba el palangre y dejó que la marea hiciera el resto. Acabó con la vida de uno de ellos. Leonardo Altube murió ahogado. Su hermano, Eladio Altube, se salvó por los pelos.

A raíz del recuerdo de este misterioso asesinato, la mente de Sancho Bordaberri comienza a escribir sin la necesidad de papel ni pluma. Su mente literaria funciona como nunca y todo porque va hilvanando acontecimiento tras acontecimiento con el fuerte hilo de la realidad, de aquello que realmente conoce. Retoma los escasos recuerdos que tenía del asunto y se propone asumir la identidad de su infravalorada creación literaria, Samuel Esparta, para esclarecer la muerte de uno de los Altube. Asimismo, se apoya y se beneficia del sentido común de la empleada que tiene en la librería, Koldobike, que no duda en animarle o corregirle cuando su nueva identidad le hace meterse en más líos de los estrictamente necesarios. Porque los golpes escritos en tinta no duelen, pero los que le propinan en un momento de la historia un grupo de envalentonados falangistas duelen y dejan marca. Sin embargo, a pesar de las amenazas de los fachas y de la reticencia a hablar más de la cuenta de los que vivieron de cerca el asesinato, Sancho Bordaberri logrará llegar hasta el fondo de ese crimen que no podía ni debía quedar impune.